Lacrimosa
Su trabajo era ir al pueblo a llorar entierros. «Algo pagan», decía; además, era de lágrima fácil como las atormentadas protagonistas de novela.
Vestía un negro deslustrado y usaba un velo deslucido. Cargaba consigo la piadosa camándula y uno que otro amuleto. Su voz lacrimosa entonaba cánticos para exacerbar la pena. Los deudos se contagiaban de su pesar y el cementerio se hacía un río de aflicción y dolores.
Ese día, finalizando la tarde, regresó por la vereda. Vio en la distancia, en dirección a su morada, una humareda… Corrió, corrió… y por su rostro corrieron, al llegar, lágrimas verdaderas.