Fortunata
Sus ojos recelosos seguían los billetes, implacables como péndulo de reloj. El cajero le entregó la mesada. «A la orden», dijo. La mujer sonrió, hizo un rollo con el dinero, lo guardó en la cartera y se marchó apurada. Otros pensionados aguardaban en la fila como todos los primeros de mes.
Pensó, cruzando la calle, que ¡hoy sí!, sería su día.
«Buenas, doña Fortunata», dijo el portero que la aguardaba en el Casino Dorado. «Mucha suerte hoy».
Un rato después, tras una jornada aciaga en el naipe y la ruleta, marcó el teléfono indignada:
—¡Me atracaron, Inocencio… saliendo del banco!