El niño bombero
El abuelo batía la natilla en el patio, la cuchara de palo entusiasta (confiaba en que le tocara el raspao). La candela apuraba el caldero a lengüetazos y la estela ascendía impregnada en canela despidiendo ese olor dulce que se colaba delicioso en las narices.
En la cocina, las manos amorosas de la abuela amasaban los buñuelos en ritual sagrado; luego caían redondos en la paila hirviente. Parado en un banco, al lado del muro, recuerdo verlos flotar, dorarse lentamente girando entre peligrosas ebulliciones. El incendio imaginario me transportó al anhelado carro de bomberos que, sin saberlo, llegaría a medianoche.