En la luna
La nave avanzaba a veintiséis mil kilómetros por hora en el espacio infinito. El comandante Muñoz miró los controles: los indicadores registraban normalidad en la velocidad, la temperatura, los niveles de oxígeno, los sistemas eléctricos y el combustible calculado para llegar.
Atravesando la diminuta ventana sus ojos relajados se profundizaron en los misterios del cosmos. Pensó en las esferas que giraban suspendidas en la inmensidad. Entonces, se fue a la luna.
—¡Apúrese! —gritó González.
En cuclillas, Muñoz descifraba su mejor ángulo con la tornasolada canica antes de que acabara el recreo. Una luna prematura de verano, casi imperceptible, lo atrapó.