Abandono de hogar
Por esos días el antejardín de la casa se llenó de inspiración. Curiosos, lo observábamos en su proceso a través del palco de honor de la ventana, con su pico de aguja laborioso y sus plumas pintadas de verde azul en tornasol. Era cónico y alargado. Hermoso. Lo fue construyendo de a poco en su aleteado vibrar, guiado por su instinto combativo.
A los pocos días comprendimos que no volvería. Nuestros ojos culposos, compulsivos, debieron espantarlo. Nos dejó un recuerdo pendiendo de nada, la amorosa construcción entrelazada con misteriosa firmeza. Y adentro, un par de almendras blancas, aunque perfectas, malogradas.