En el puente de Guayaquil
Medellín, 1902. Asignado al pelotón llega Ramírez; Tamayo camina escoltado por dos guardias y tres curas. El soldado durmió mal ante el dilema de accionar el gatillo. El condenado, aunque no ha dormido, se ve tranquilo: el humo del cigarrillo se eleva al cielo, luego bebe un compasivo aguardiente.
Con la descarga el cuerpo maniatado convulsiona, la Virgen del pilar se estremece. La bala calculada de Ramírez niega el blanco, pero a Tamayo la vida se le va.
La gente marcha silenciosa en la noche trece de aquel septiembre. Convulsa o indolente como el agua que corre bajo el puente.