Boca cerrada
Con el divorcio llegó la bebida: todos los días salía del consultorio a las cinco. «Adiós, Margarita», decía. Ella lo veía partir, en silencio, la puerta entornada.
Caminaba en automático por La Playa, doblaba a la izquierda en Bellas Artes y se perdía por un sórdido callejón al bar, tres cuadras arriba. El despeñadero, lo llamaban.
Margarita notaba el temblor, la fresa vacilante en las manos, el inocultable tufillo, el doloroso vacío de muela coca. Entretanto, la agenda de pacientes languidecía.
Ahora le lleva flores. Fiel y discreta. ¿Para qué contarle a una tumba los amores callados de una secretaria?