¿Ya va a venir la mamá?
Escuchas cerrar la puerta y corres a treparte al sofá; el cojín se hunde levemente. Puesto de puntillas alcanzas la persiana para verla alejarse como todos los días en dirección al centro de la ciudad: vende dulces esperanzas en un carrito. Entonces, te hace cariñosas morisquetas al cruzar por la ventana. Pero hoy no la ves, por más que te empeñas en estirarte peligrosamente hacia el extremo, al filo del mueble.
Llega la noche. La espera se hace insoportable. ¿Cuántas veces en el día te asomas? Nadie sabe. Ahora gimes y lloras, ladras y rasguñas en la ventana como preguntándote.