Lección del guayacán
El guayacán se desnudó rápidamente y no hubo pena en él por eso. En cambio, quienes solían caminar por allí lamentaron descubrirlo desprendido de sus ropas con el viento.
—Lástima, como estaba de lindo —decían—, todo resplandeciente vestido de amarillo.
Una señora que, tras maligna enfermedad, perdiera su cabello quedó sorprendida al verlo y se detuvo a observar. Extasiada, admiró la deslumbrante alfombra colmada entre verdes. Alzó la vista y contempló las ramas desnudas, escuálidas, en apariencia resecas, pero esperanzadas. Luego miró al tranquilo cielo azul y dio gracias. Conmovida, abrazó el tronco sintiéndose pariente cercana del imponente guayacán.