La casa robada
(A Cortázar)
Ya era escombros la casa vecina y las volquetas pululaban. De madrugada, escuché ruidos extraños; algo se movía entre las tejas. ¡Son ratas! Los obreros lo negaron: «Será un gato, señora, una paloma».
Los ruidos continuaban. Sentía corretear, escarbar.
—Solo son pesadillas —dijo mi hermano al salir.
Cuando regresó, le conté de las señales de excremento en la cocina. Me miró con displicencia:
—Bobadas tuyas.
Muy temprano partió lejos. «Asuntos de trabajo», dijo.
En pocos días, una mañana, desperté asustada: Oí rasguños adentro como horadando la casa, ahora llena de putrefacción y excrementos. Andaban por ahí tomándoselo todo, corroyéndolo todo.