Herencias de la tierra
Su caminar elegante lleva la impronta de un animal destazado, cuero que sangra en la horma de sus zapatos. De su cintura sinuosa, con gracia vaporosa, se agita un cultivo de algodón hecho hilazas. Sus muñecas, su cuello y sus orejas se mueven al vaivén de una batea que rebosa sudores y esperanzas doradas. Los hombros soportan un quejido bovino en la chaqueta; la cabeza, una tortuga carey en las gafas que no ven. Mil pigmentos de la tierra cubren su rostro y ensombrecen los ojos. Es consciente de que la vida la trata bien y es lo que importa.