Marchas forzadas
Once de la mañana. Con la moderación de los corderos los manifestantes marchan por la Avenida Oriental. Al sol de legítimos reclamos se inflaman sus pechos que predican ilusiones en el desierto.
Aparece una tanqueta, el escuadrón de aguijones enhiestos. Brincan explosiones, arden los pulmones con las nubes de gases. Enardecida por la desmesura la multitud se altera y sigue adelante hecha jauría. El tormentoso caudal se sale de madre: corren ahora lobos salvajes.
Vuelan las piedras, los vidrios estallan solidarios, puertas y cortinas se guardan temerosas. En el cielo las cotorras parecen gritar: Hasta cua, cua… hasta cua, cua…