Batracios
Somos parientes de los batracios. ¿A qué negarlo? Uno (casi) de ellos, nadando como renacuajo en un inquieto mar blanquecino, derrotó a millones fundiéndose en el amor de un sol naranja. Y bueno, gracias a ese espermatozoo microscópico, inquieto de cola, escribo estas insustancialidades.
Si no saltamos con las ancas, si no apestamos a pantano, si nuestra piel no es de un verde untuoso, ni marrón verrugoso, demos gracias. Otra cosa dirán los batracios felices al brincar, o cuando descrestan con su larga lengua gelatinosa que algunos animales políticos, a más de otros especímenes poco dignos de confianza, suelen imitar.