Corazón de aserrín
Hizo un berrinche cuando le pidió traer la leña para el fuego; casi podría decirse que se le encharcaron los ojos. Pataleó, hasta quedarle las piernas como desarticuladas por el suelo. Ya había sido demasiado ver a su padre cortar la madera con el hacha.
—Era necesario, hijo. Helará en la noche y es el único recurso que tenemos.
—Pero, ¿qué ocurrirá cuando hayas cortado el último árbol?
—No sucederá, lo prometo.
Incrédulo, el pequeño se rascó su larga nariz. Había sentido cada golpe del hacha en su cuerpo, revivió el dolor de la hoja dentada serruchando su propio corazón.