Medalla de oro
Un presidente tercermundista quiso, iluminado por su incuestionable inteligencia —la política era tender cortinas de humo distractoras de la realidad—, cambiar el escudo de la nación. «Es fantasmagórico», dijo, ufanándose de progresista, y en parte tenía razón. «Es inconveniente —advirtieron en Hacienda—; el erario, presidente, no aguanta más».
Pero no escuchó.
Se procedió, entonces, a reemplazar el símbolo patrio en cientos de despachos, dependencias oficiales, consulados, embajadas… Toda la papelería del gobierno fue renovada, pendones, banderas, murales, textos de escuela… con costos exorbitantes carentes de transparencia.
Medalla de oro a la incongruencia le fue colgada, con olímpico desdén.