Tan bonita para qué
Soberbia y desdeñosa. Así iba por la vida Maribel de las Gracias Escalante como divinidad raptada al Olimpo. Los tacones de aguja insolentes sacaban chispas con su caminar de diosa. Sus bien moldeadas piernas armonizaban con las consistentes nalgas de melocotón de las que se contoneaba en vuelos la falda. La cintura apretada le hacía brotar como globos —tras el escote atrevido— los senos despiertos. Las uñas de manicure afiladas, las brillantes pulseras de plata, los labios carnosos herméticos, los rizos provocadores, las cejas engreídas, los ojos de pantera intimidantes… Casi agradecimos los vecinos al infame que arrojara la cáscara.