En el cementerio y feliz
Voy para Campos de Paz. Tengo el rostro compungido y no por el tío Pancracio. Nunca lo conocí: vivía lejos, estaba anciano, enfermo y solitario. Es solo que llevo meses sin empleo. La tristeza, al menos, se verá natural.
Resuelvo caminar, así me despejo en este día aciago. Las hojas de vida no prosperan. El propietario del apartamento amenaza desalojo.
Justo al llegar vibra el teléfono en mi apretado bolsillo: «Preséntese el lunes», dice la voz. ¡La empresa de mis sueños!
Mi semblante cambió, lo notaron en la sala de velación. ¿Qué podía hacer? Estaba feliz. Como el tío Pancracio.