Aleluya
Sus ojos tocaron mi alma al abrir la puerta; hablaban de una angustia profunda, aunque serena. Era increíble que ese cuerpo menudo pudiese albergar semejante voz.
La joven bebió medio vaso de leche en dos tragos y se marchó llevándolo con las galletas y una sonrisa triste. Cruzó la calle. Un juicioso guardián de unos cinco años, sentado en él, custodiaba el parlante; prendido del micrófono, jugaba a cantante. Mientras cerraba la puerta vi cómo las galletas y la leche desaparecían en su boca desaforada. «Quédense a almorzar», dije. Entonces fue el Aleluya de Cohen, que me tocó otra vez.