Cubículo siete
Voces discretas se oían en el seis; las cortinas blancas tomaban cuerpo, se ensanchaban en forma de nalgas y codos entrometidos. El tiempo desesperaba, el calor… y yo, esperando en la camilla unos resultados de laboratorio que no aparecían. El reloj no avanzaba, la tos persistía en el ocho y… ¿estaría malo el bendito aire acondicionado?
La agitación creció: estaba grave; lo intuí al verla por la abertura de la cortina cuando me ingresaron en silla de ruedas. De nuevo una levísima oleada de silencio se remontó para estallar en llanto.
La tos en el ocho cesó. Por respeto, supongo.