Posesión
—¿Quién eres?
La chica yacía en el jergón. Sudaba copiosamente, los ojos volcados atrás. Por fin habían cedido los espasmos, las agitaciones violentas.
—Jack… —contestó la voz siniestra.
El sacerdote se santiguó, elevó una oración con la cruz en alto y le impuso la mano apurando el exorcismo. La frente hervía, la voz chillaba… Su cuerpo se estremeció.
—Vámonos… —interpretó el sacristán al verle salir extenuado.
Anduvieron largo rato en perturbador silencio hasta llegar al pueblo. El sacristán, ya en la puerta de su casa, lo despidió:
—Procure descansar, padre.
Pero Jack no escuchó. Debía apurarse a encontrar algunas gargantas.