Y nos cambia la vida
Nada tenía: lejanas nociones, sedimentos del colegio; deshilachados pantalones, mugre enquistada en los cabellos, los pies descalzos… y la tos. Ya en su forrado costillar ni suspiraban ilusiones. En la acera aguardaba —quién sabe, perdidos sus tesoros como hundido galeón— una moneda.
Un viento cruzado hizo correr las hojas caídas del laurel. Por la calle, alguien rodaba en su dirección. Los recuerdos llegaron:
«¡Imposible!», se dijo al verlo: «¿Villegas…?, ¿el mejor del salón?».
Y siguió de largo Jiménez —de los malos de la clase, campeón— raudo en su deportivo, con el atuendo de marca henchido, fumando un tabaco de exportación.