«Biblioburro»
Los niños brincaban felices al vernos llegar; sólo con ver el aviso ya sabían qué cargábamos en nuestros lomos.
Recorríamos grandes distancias camino de caseríos y poblados; salvábamos trayectos imposibles, fangos, empinadas laderas. Y es que el hombre que me azuzaba apretándome la panza y diciendo: «¡ándele, Beto!», era más terco que nosotros dos.
Al desmontarme arrimaba donde Alfa y comenzaba a descargarlos. Mientras bebíamos agua y pastábamos se los entregaba invitándolos a leer “para que no sean unos burros”, decía, lo que no nos hacía ninguna gracia.
Regresábamos luego de descansar. La magia, en sus mentes, ya estaba hecha.