Volver por el aroma
Descendía por la serpentina carretera de Santa Elena y el sol, también cansado, castigaba mis ojos con su haz de luz. Treinta años se apretujaban como remolino en mi cabeza horadada: hermosos paisajes, extrañas costumbres, rostros amables, aeropuertos quedaron atrás. Sin embargo, yo ansiaba los aires frescos, la calidez de las gentes, los frutos alegres de mis montañas.
Al llegar vi el valle herido en los costados: bloques de terracotas y grises impensados eclosionaban aquí y allá. No era la estampa ideal, pero el aroma de la tierra pervivía en mi corazón que saltaba emocionado incapaz de evitar tanta felicidad.