El tren de la ilusión
Mis ojos se aferran a la muñeca por enésima vez; se desprenden de los escalones de la estación solo para mirar el reloj: ¡una hora!
Ya me sé de memoria la calle y su cebra, el semáforo que alerta con su muñequito de luz, la lámpara que se doblega como queriendo aclarar las cosas.
Asqueado de fumar, harto ya de medir la calle, de limpiar en el pantalón el sudor de mis manos, escucho de nuevo —¡sí, de verde!— llegar la ilusión. Y luego, otra vez, alejarse en ese tren la esperanza y con ella esa Milena, la del chat.