Premio mayor
Las balotas anunciaron que a partir de esa noche eras “un tipo importante”. La noticia —nunca supiste cómo— se regó como yerbajo. Entonces ganaste otras cosas, extrañas en los tiempos difíciles: saludos almibarados, lisonjas, el interés de quienes antes te ignoraban. Muchos pretendieron hacerte cómplice de sus problemas y ambiciones.
Tu teléfono —vaya casualidad— se acordó de repicar. Voces vivaces de parientes lejanos reclamaban solapadas: Arturito, es el colmo: ¿no me recuerdas?
Te llovieron negocios, sugestivas propuestas. Ganaste también envidias y consejas, insomnios, dolencias. Y en poco tiempo, el premio mayor del descanso eterno al que nunca le hubieras apostado.