Estatuas
Temprano, como todos los días, llegaba el Libertador en su caballería. Estático, en su palco de honor en medio del parque, se dedicaba a observar atribulado el trajinar de caminantes y vendedores ambulantes, los hombres grises aletargados en las bancas, las mujeres oscuras cohabitar con el oprobio.
En la distancia, bajo una ceiba frondosa y en congelada impostura, un minero bañado en bronce —el alma herrumbrosa y el corazón en tajaduras—, con un pico a las espaldas se erigía. A sus pies, una vasija de peltre rebosaba de esperanzas. Intuyendo un desplazado, Bolívar, contrariado, se admiró de su batallar