Juegos perversos
…y jugábamos a las escondidas por los recovecos de su casa y en ocasiones a la gallina ciega. Y ella, pícara que era desde niña, me dejaba señales, rastros de un cariño incipiente ansioso de echarse a volar. Por supuesto siempre la encontraba, sonriendo lisonjera con sus migajas de amor que yo recompensaba con una solterita con crema o una paleta de limón. Ahora, ni en la Casa Museo de la Memoria, por más que busco, puedo hallarla. ¿Dónde estás corazón? No juegues más conmigo a las escondidas, que tengo en la boca un sabor amargo a rancio limón.