Palabras guardadas
Cuando esos hombres se lo llevaron, parapetados en un blanco antiséptico, sentí alivio y temor al mismo tiempo. Comprendí que algo más peligroso que él había entrado en algún momento por esa puerta; que ni la asfixia ni sus fiebres repentinas eran frutos de las borracheras o las agresiones. Sé que debí hablarle, pero ganaron su violencia y mis temores. Ante el agravio continuado, a mis palabras les tenía prohibido salir.
Ahora me llevan también. Quizás me contagió al gritarme en la cara. ¿Volveré a verle? Eso quisiera. Tal vez pueda liberarlas por fin con mi dolor, allí donde estemos.