La educación es peligrosa
Le gustaba caminar. Se imponía hacerlo como parte de la terapia posterior a la cirugía. Todos los días, temprano en las mañanas, descolgaba de la percha el bastón y se enfundaba en la sudadera. Los tenis de suela gruesa le daban confianza.
En su recorrido admiraba el paisaje limitado a antejardines y fachadas; los prados, las flores, las aves inquietas. Se cuidaba de escalones, de aceras maltrechas; de la grama mojada, los pisos vitrificados y las heces de los perros; de las arenas movedizas de las construcciones. Nunca jamás —caro le salió— del saludo que hace amable a un vecino.