Si la mosca supiera qué le espera
«Pareces mosca», le dijeron sonrientes al ver sus gafas nuevas, negras y abombadas. Esa mañana reflejaban el rostro combado de Lucía en el umbral, un clamor distorsionado en sus ojos de madre, un presentimiento en tres palabras anhelantes que no hallaron eco: «Quédate a almorzar».
Con una resuelta flexión de rodilla rugió el motor y el mundo pasó rápido en las gafas mosca de Miguel: ligeros pasaron los cables, los cúmulos, el azul; inquietas las copas de los árboles, los visos hirientes del sol; fulminante, la cápsula de plata perdida que, sin saberse cómo, las hizo estallar en rojo chillón.