La fila
Ese día, en las calles del centro, espantaban. No había transeúntes ni vehículos y los negocios permanecían cerrados, sin vida. Solo una larga fila se perdía a lo lejos por la avenida.
—¿Y eso? —pregunté.
—Como que algo regalan —dijo uno.
«Las ayudas del gobierno», supuse, filándome atrás confiado.
Muchos se unieron. Marchábamos gravemente, pero esperanzados; solos —imposible de otra manera—, guardando prudente distancia, protegiéndonos como fantasmas con su aura de miedo.
Seguía preguntándome qué nos darían. Más allá, me asombré al notar que nadie regresaba, que aquella fila conducía al lugar donde reposan quienes ya no necesitan nada.