Las piedras
Desde niño se vio obligado a comer piedras. Aprendió a tomarlas muy calientes, adobadas con gritos, golpes y quemazones o en interminables ausencias bien congeladas en llanto. Su lenguaje fue mudando de la inocencia de aquellas morisquetas preciosas de bebé a rabiosos pucheros y resabios que desembocaron muy pronto en palabras malsonantes y retadoras. Creció y su cuerpo se fue convirtiendo en piedra; hasta el corazón se le endureció como roca que no se desgrana.
Tiempo después, una mujer lo fulminó con la mirada: el hombre cayó derrumbado con sus ojos bailando en gelatinas y el corazón desparramado en terroncitos.