Caperucita XXI
Dejó la canasta al pie del semáforo y tomó las manzanas. En el centro de la calle, frente a las hileras de vehículos, comenzó su espectáculo.
—¡Qué malabares! —se admiraba uno.
—¡Qué atrevida esa faldita roja! —exclamaba otro apenado.
Al terminar, la pequeña inició el zigzagueante y apurado recorrido en busca de las ventanillas pródigas. De una gran camioneta vio bajar un vidrio oscuro: el conductor, de cejas peludas, barba rala entrecana y mirada feroz le dijo, con su enorme boca:
—A mi abuela le encantan. Sube, te compro la canasta.
No se sabe si caperucita se comió el cuento.