Bien agarrado
Juan apoyó la escalera en la canaleta y comenzó a subir. Richi aguardaba para pasarle las tejas: debían reponer las que el vendaval se llevara en la tarde anterior.
Todos rogaron que la embestida furiosa se marchara sin rastro. Fue inútil: ni el pabilo encendido, ni las preces, ni la camándula suplicante en la ventana evitaron que las tejas volaran.
Con un impulso logró treparse. El muro lindante, húmedo y lamoso, recibió temeroso sus pies.
—¡Tenga cuidado! —gritó Richi.
Juan se volvió —los ojos espantados— incapaz de evitar el resbalón.
Finalmente terminó bien, prendido del cielo que lo recibió solidario.