Los muertos no se espantan
Me veo allí, de pie, confundida en la noche. Extendido en el pavimento hay un cadáver cubierto con una sábana blanca. A su lado, sangre fresca en una laguna. Me pregunto quién era.
Una ambulancia titila inoficiosa. La policía gravita por ahí mientras los curiosos indagan tras el cordón de seguridad.
—Pobre —dice alguien.
—Lo que ha de ser pa uno —contesta otro.
De pronto, un viento en ráfaga eleva la vaporosa sábana y descubro en esa chica mis zapatillas lilas, mis jeans rotos, la blusa blanca manchada. Pero me quedo tranquila: ahora sé que los muertos no se espantan.