XL
Cuarenta. Era su talla en años desde ese día y un halo maravilloso debía cubrirlo —como a cualquier mortal—, llenarlo de felicidad y buenos deseos. Besos, tarjetas virtuales, un pastel hecho emoticón, una copita que fuera, una llamada… Nada. Menos ahora.
Impensable una gran fiesta de celebración como en aquellos años de éxtasis, locura y desenfreno cuando coronaban un embarque al otro lado del charco. “XL”, lo llamaban, por su abultada cintura, en los tiempos en que una falsa aureola de poder lo cobijaba en su sombra.
«Feliz cumpleaños, gran pendejo», pensó, aferrado a los barrotes, reviviendo todo aquello.