Mal del corazón
Mientras aguardaba en el campero vi un hombre mayor que del otro lado intentaba abrir la puerta de una vieja casa; parecía muy cansado. Cuando finalmente pudo hacerlo, entró y subió despacio por las escaleras adosadas a la fachada. En el primer rellano se encorvó súbitamente llevando sus manos al pecho. Alzó el pie al siguiente escalón y cayó de bruces. Me alarmé al ver que no se levantaba. Salí del carro y, literalmente, me pegué del timbre. Nadie contestó. En esas, llegó el ingeniero:
—¡Vámonos, estoy retrasado!
—Pero… —le expliqué.
—Ya lo atenderán —dijo.
Al día siguiente me despidieron.