El filo en la lengua
Ese sol irritante engendrado del calentamiento global parecía querer batir su propia marca. En la oficina, Yolanda pretendía lo mismo con la calentura de su lengua libérrima.
—¿Supiste lo de Constanza? —decía a Lucrecia, atropellando las palabras—. Imagínate que…
A falta de aire acondicionado un vetusto ventilador de techo trepidaba en cada giro amenazando caer; el motor se bamboleaba peligrosamente, y las aspas, rechinando insoportables con sus impulsos agitados, parecían querer echarse a volar.
Lucrecia, harta ya de las interminables aspas afiladas de Yolanda, se levantó de pronto y se marchó lejos procurando airear la ponzoña de aquellas palabras.