Sin palabras
El par de zapatos le fueron arrojados cual misiles, como simbólicas y enardecidas palabras, aún sin acabar la alocución. El auditorio quedó pasmado; los periodistas, expectantes; las cámaras, ansiosas de capturar el esperpento. Entonces cambió el semblante del orador, sorprendido ante el ataque irrefutable no exento también de partículas malolientes como las emanadas del discurso.
El autor de tal agravio fue detenido, interrogado y finalmente liberado no sin un escarmiento por haber expuesto al señor presidente a un espectáculo tan bochornoso. Mientras, continuaron las palabras convenientemente edulcoradas de su ominosa estrategia, aún más decididas. La intervención, como se sabe, continuó.