Las nueve musas
Elling

Trastorno psicológico y literatura

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(A propósito de Elling y Lectura fácil)

Las consecuencias del confinamiento tras la última pandemia han despertado el interés social por los trastornos psicológicos. En efecto, son muchos los estudios que informan sobre el aumento de este tipo de problemas, especialmente entre los más jóvenes.

No es que el concepto sea una novedad: la figura del enfermo mental, lo que tradicionalmente se llamaba el «loco», se halla en todas las culturas, y cada una le ha otorgado un determinado estatus. Valgan como ejemplos la cultura grecorromana, que consideraba la locura como un desequilibrio de los humores del cuerpo, o la mentalidad medieval, que la atribuía a la posesión demoníaca.

loco
Casa de locos – Francisco de Goya

Ha sido también muy variado el trato que a lo largo de la historia se le ha dado: si durante muchos siglos se ha promovido el encierro del loco, ya sea como simple represión social, ya sea con fines terapéuticos, en los últimos tiempos se ha tendido al tratamiento farmacológico, evitando el internamiento en la medida de lo posible.

Sería demasiado extenso delimitar aquí la concepción de trastorno psicológico imperante en la sociedad occidental actual. Baste con señalar que se considera patológica la conducta o situación que impide al individuo adaptarse al medio, llevar lo que intuitivamente consideramos «una vida normal».

Otro aspecto que conviene destacar es la «conciencia», firmemente afianzada en occidente, de que el conjunto de la sociedad ha de velar por el bienestar de la persona, compensar las dificultades que su trastorno le causa. Los servicios sociales son la institución del estado encargada de garantizar ese bienestar, asegurándose de que no les falte hogar, medios de subsistencia, atención sanitaria, etc.

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Como la literatura es, en buena medida, el espejo que refleja la sociedad,es lógico que un problema social de tal envergadura acabe teniendo un tratamiento literario. Efectivamente, la locura ha sido un tema constante a lo largo de la tradición literaria occidental: locos fueron algunos caballeros andantes (Orlando, don Quijote) y otros personajes que pululan por la literatura del Siglo de Oro, como el licenciado Vidriera. También abundan los locos literarios a partir del romanticismo, como los que nos encontramos en algunos relatos de Poe (por ejemplo, El corazón delator) o el que nos presenta Antonio Machado:

Por un camino en la árida llanura,
entre álamos marchitos,
a solas con su sombra y su locura
va el loco, hablando a gritos.

[…]

El loco vocifera
a solas con su sombra y su quimera.
Es horrible y grotesca su figura;
flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,
ojos de calentura
iluminan su rostro demacrado.

Pablo Picasso, El loco

Junto a los anteriores, podemos recordar los locos confinados en El pabellón número 6 de Antón Chejov, o los compañeros del marqués de Sade que, bajo la supervisión de sus guardianes, representan la muerte del revolucionario Jean Paul Marat.

Baste este recordatorio, inevitablemente parcial, para destacar el relieve que la figura del loco ha tenido a lo largo de la literatura occidental.

Resumiendo, hasta el siglo XX, la figura del loco se ha visto de tres maneras principales : algunas obras se han fijado en los locos destacando lo peculiar de su actitud ante la vida (don Quijote) o se han servido de ellos para presentar, paradójicamente, el sinsentido del mundo que nos rodea (el licenciado vidriera). Desde el siglo XIX encontramos obras que tratan la figura del loco con el fin de revelar la tragedia de su vida, como el poema de Machado arriba citado o el cuento de Chejov.

Pero en la literatura reciente encontramos aproximaciones al personaje del loco que se fijan en otros aspectos.

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El pasado mes de marzo, la sala Villarroel de Barcelona ha escenificado Elling, una comedia basada en la obra del noruego Ingvar Ambjørnsen, que supone una nueva aproximación al problema del trastorno psicológico. Elling y Kjell son dos enfermos mentales que, tras pasar dos años en una institución psiquiátrica, tienen la oportunidad de vivir en un piso tutelado por los servicios sociales y probar, de este modo, su integración en la sociedad. A través de sus andanzas  la obra nos invita a reflexionar sobre el proceso de encaje en la vida social de personas con trastorno psicológico.

Elling: Hermanos de sangre (Letras Nórdicas nº 36)
16 Opiniones

Uno de los aspectos que cabe destacar de la comedia es la manera en que nos presenta los resortes de la conducta de estos personajes. Cada uno bien diferenciado en su caracterización, ya que, frente a una misma situación, reaccionarán de manera muy diferente, siguiendo de lejos el modelo de don Quijote y Sancho.

Los espectadores se dan cuenta, desde un buen principio, que uno de los protagonistas se mueve a impulsos de un desaforado deseo sexual, mientras que el otro busca aislarse como consecuencia de una severa educación dominada por la moral cristiana más conservadora. Sin embargo, la diversidad de perspectivas ante la vida de estos dos personajes, aparentemente antagónicas, no les impide convivir, incluso les lleva a desarrollar una amistad insólita, de fuertes lazos afectivos.

Conviene también subrayar que la obra no juzga ni problematiza la peculiar perspectiva de los personajes, no se plantea la necesidad de «curarse» o «reprimir sus impulsos» para poder integrarse en la vida social (a diferencia, por ejemplo, del licenciado Vidriera o de don Quijote). El encaje se produce, sin necesidad de «cambio de actitud ante la vida», en el momento en que el contexto humano en que se desenvuelven estos personajes les ofrece la oportunidad de hacerlo. Es significativo que para uno de esos personajes, el proceso de encaje con su entorno está canalizado a través de la creación literaria. Es decir: la posibilidad de presentar al mundo su peculiar perspectiva de la vida le permite funcionar dentro de esta.

En conjunto, la obra presenta una perspectiva optimista sobre el problema del trastorno psicológico y su encaje en la vida social al final de la obra: los protagonistas serán aceptados sin necesidad de cambiar su perspectiva ante la vida; y conviene destacar que los servicios sociales tienen un papel relevante, y efectivo, en ese proceso.

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La excelente novela de Cristina Morales, Lectura fácil (2018), gira también alrededor del problema del encaje social de las personas con problemas psicológicos que se lo dificultan. Al igual que en Elling, los servicios sociales son los «responsables» de proporcionarles los mecanismos que posibiliten ese encaje. Sin embargo, la perspectiva de la novela es muy distinta, contrapuesta al optimismo que desprende la comedia arriba comentada.

Rebajas

La novela, estructurada a través de secuencias que reproducen las palabras de las protagonistas, un grupo de discapacitadas, presenta varias coincidencias con la comedia noruega: sitúa a sus personajes en un piso tutelado por los servicios sociales, al igual que Elling y Kjell. También presenta al lector los resortes de  su conducta: la búsqueda del placer, de un placer inmediato, bastante primario: cerveza, tabaco, ver los Simpson…

«Ahora tengo mi piso, mi cuarto para mí sola, mis propios horarios. Que quiero salir, salgo, que quiero estarme en casa viendo la tele, me estoy, que en vez de macarrones quiero un huevo frito, pues me lo frío, que me quiero fumar un cigarro, pues me lo fumo, que quiero ponerme una minifalda, me la pongo, que me quiero poner un burka, ¡pues me lo pongo también! Que un día quiero invitar a un amigo a casa, ¡pues lo invito! Que me quiero encerrar con mi amigo en mi cuarto, ¡pues me encierro, pero con una gota de vergüenza y sin que nadie se entere de lo que estamos haciendo». (p. 145)

Igual que para uno de los protagonistas de Elling, el deseo sexual juega un papel muy destacado.

«A tal punto llega su afición que si pasa por el lado de una mesa y el pico de la mesa le queda a la altura del «coño», «la» Marga se lo clava. A ver: no es que vaya buscando la mesa, señoría, como sí va por la calle buscando hombres y lo que no son hombres. Es que va a poner o retirar la mesa, por ejemplo, y me la encuentro con los platos todavía en las manos y dándose golpecitos ahí, con mucha naturalidad, eso sí, como si la cosa no fuera con ella,… (p. 144).

Del mismo modo que uno de los protagonistas de Elling se aferraba al discurso cristiano conservador como guía de su conducta, los personajes de Lectura fácil también disponen de un «discurso teórico» que marca su conducta y sus opiniones y juicios sobre la realidad que les rodea: una amalgama de eslóganes antisistema  a los que una de ellas da el nombre de bastardismo:

«Los bastardistas defendemos que, de entre las preguntas que sí merecen una respuesta, las que más la merecen son, precisamente, las preguntas estúpidas, las irresolubles y las irrespondibles, pues las bastardistas, cultoras del paraíso en los pisos, creemos que el criterio de posibilidad, resolución o respuesta de las preguntas que nos hacemos debe ser reformulado. Somos aguerridamente antirretóricas porque sabemos que la retórica es el lenguaje que usa el poder para distinguir lo posible de lo imposible y para crear eso que los poderosos llaman realidad, e imponérnosla.» (p. 161)

Una similitud más: una de las protagonistas de Lectura fácil, al igual que el personaje noruego, se sirve de la creación literaria para dar cauce a sus inquietudes y preocupaciones. La diferencia estriba en que Elling (el personaje) encuentra el reconocimiento por parte de un poeta consagrado, mientras que la novela escrita en wasap por Àngels no impresiona a nadie.

Otro aspecto de Elling que también está presente en la novela de Morales es la relación de los protagonistas con los servicios sociales. Los personajes noruegos, al principio de la obra, desconfían de la institución, pero poco a poco van viendo que el asistente social que debe supervisarles no pone cortapisas a su estilo de vida y que realmente les proporciona una base para encauzar sus vidas, y que es la base de la actitud optimista que plantea la obra el problema y la vida en general.

Muy distinta es la situación que viven las protagonistas de Lectura fácil. Por una parte, asumen que las instituciones «les deben» proporcionar los recursos para poder vivir «a su aire»:

En una ciudad gobernada por una política de la nueva política, las personas con diversidad funcional intelectual y/o del desarrollo tenemos derecho a una vida afectiva y sexual plena, saludable y satisfactoria, siendo obligación de las instituciones públicas y privadas dentro del sector desmontar los mitos sobre nuestra sexualidad, ofrecer orientación a las personas de apoyo de los Grupos de Autogestores y visibilizar nuestros derechos sexuales y reproductivos. (p. 147).

Pero, por otra, son conscientes de que estas mismas instituciones pretenden imponerles sus normas.

La terapia que proponían la psicóloga Laia Buedo y la educadora social Susana Gómez era, por supuesto, el lavado de su coño y su cerebro bajo las siguientes consignas: aumentar la frecuencia de su asistencia a las actividades sociales y de ocio organizadas por los RUDIS [Residencia Urbana para Discapacitados Intelectuales] a nivel local y provincial, entre ellas la reunión de autogestores de los martes por incluir sesiones de educación sexual y reproductiva…»

Del conjunto de instituciones que velan por su bienestar, la que recibe críticas más acerbas es la psiquiatría y el tratamiento farmacológico:

Yo no sé qué ‘cojones’ tienen los psiquiatras con el Tripteridol que ‘pa to’ lo mandan, oiga. ¿Alteraciones de conducta?  Tripteridol. ¿Esquizofrenia? Tripteridol. ¿Depresión? ¡Tripteridol también! ¿Qué tienen que ver un alterado de conducta, un esquizofrénico y un deprimido?

Por todo ello, desarrollan mecanismos para engañar a esas instituciones que «presionan en su contra»:

«Las ‘litronas’ me las pone el ‘chino’ de abajo como zumo de naranja en las facturas que tenemos que pasarle a la Generalitat […], con la estanquera no hay manera de hacer pasar el tabaco por sellos o por chicles en la factura, así que le doy el dinero a un amigo que no vive en piso tutelado para que él ‘me lo pille’, y luego yo voy con ese amigo a comprar lo que sea que él necesite del Mercadona y pedimos una factura y la ponemos a mi nombre. (p. 53).

Los personajes de Morales, afianzadas en su perspectiva de cómo quieren vivir y lo que esperan de la sociedad que les rodea, se enfrentan desafiantes y a los que saben que son sus enemigos pese a que deberían ser sus protectores.

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Si los personajes de Elling logran el apoyo para seguir con sus vidas sin tener que cambiar, los de Lectura fácil se ven abocados a la represión y el encierro. Constituyen dos perspectivas opuestas, una optimista, otra cargada de una impresión agridulce y desencantada, de un conflicto que cada vez tiene más presencia en nuestra realidad social. ¿Será intención de la autora o bien resulta que no es lo mismo vivir en el paraíso del estado del bienestar pleno de los países escandinavos que en su pálida sombra de un país mediterráneo?

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José León

José León

José León se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Bellaterra y se ha dedicado a la enseñanza secundaria como profesor de lengua castellana y literatura.

En paralelo a su labor docente se ha dedicado a la elaboración de materiales didácticos para secundaria.

Durante muchos años ha realizado trabajos de lectura e informe para editoriales como Plaza y Janés, Planeta o Alba.

Es autor de diversos cuentos, uno de los cuales, Razones de peso, fue finalista del II Premio Las nueve musas de relato breve.

Además ha publicado la novela Un amor supremo (Autografía editorial, Barcelona 2022).

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