Las nueve musas
Por qué escribimos

¿Por qué escribimos?

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A los escritores se nos pregunta siempre, en todas las presentaciones o intervenciones públicas, por qué escribimos. Es una buena pregunta, como también lo sería para qué escribimos o quién nos manda escribir.

Sin embargo, a nadie le interesa saber por qué pinta un pintor, por qué compone un compositor, por qué canta un cantante o baila un bailarín. Se diría que para cualquiera de las artes hubieras de estar predestinado y dotado de un talento, pero ¿por qué habría de empeñarse alguien en escribir si todos aprendemos en el cole?

Hay que decir que los escritores escribimos desde siempre, como si fuera innato. Aunque lo nuestro no es una cuestión de aptitud sino de actitud frente a la vida. Una actitud de sabueso. Somos recolectores de pensamientos, recuerdos y fantasías. Somos cazadores de mariposas, perseguidores de imágenes y coleccionistas de momentos. Somos como las urracas, ladronzuelos que van buscando lo brillante para esconderlo en nuestros cuadernos.

La vida es un espacio palpitante. Un lugar alucinógeno. Algunas veces, la realidad nos produce la experiencia del extrañamiento, cuando las cosas apenas tienen significado y cobran un punto onírico. Otras veces la realidad es nítida y los habitantes de esa realidad se vuelven nuestros confidentes y nos revelan sus secretos y parecen pedirnos perdón, absolución, amor. La vida es un espacio parlante.

Montserrat Roig escribió esto: “Un poeta chino decía que todo resuena. Los árboles y las hierbas son silenciosos, pero el viento los mece y resuenan. El agua está callada; el aire la mueve y resuena. Las olas rugen, algo las oprime. La cascada se precipita, le falta el suelo. El lago borbotea, algo lo calienta. Los metales y las piedras son mudos, pero si algo los golpea, resuenan. Así también los seres humanos; si hablan es que no pueden contenerse; si se emocionan, cantan; si sufren, se lamentan. Y, así, algunos de ellos escriben y hacen que todo resuene de nuevo”. Montserrat Roig era una coleccionista de reflexiones, de observaciones en busca del sentido de las cosas. La escritura nos da una segunda oportunidad para escuchar el susurro del mundo.

Bird watching es un deporte que algunas personas practican. Mirar a los pájaros, pajarear. Mirar pájaros es como jugar al escondite, no es como mirar mamíferos o plantas o árboles que se quedan quietos y sabes dónde están. Necesitas paciencia y ser un aventurero y un coleccionista, ser imaginativo para saber dónde se esconden. Aguardar muchas horas, ir a parajes extraños, escarpados o profundos. Escribir se parece a mirar pájaros.

“Llevo en la cabeza una nube tóxica”, es una frase de Isabel Bono. Esta idea me parece muy buena. Creo que los escritores llevamos dentro un material que intentamos purificar. Diría que queremos transformarlo como antes hacían los brujos y ahora hacen las plantas recicladoras de residuos. Los escritores tenemos una función depuradora y ética: devolverles a las palabras su contenido íntegro. Como dijo Juan Carlos Mestre: “Las palabras son las etiquetas de las ideas”. “Los mercaderes han saboteado la casa de la dignidad”.

“Te pinto con luz”. Esta frase la dijo Chagall. Pero también está pintada por él en sus cuadros. Chagall transmitía sus mensajes mediante el color, el trazo y la forma. Me pregunto si escribir es distinto a otras artes como la música o la pintura. Y me respondo que no lo es, en lo que se refiere al efecto: movilizar pensamiento, sensaciones, sentimientos. Pero escribir sí es idiosincrático, porque utiliza el lenguaje como soporte. Su base es la semántica. Escribir es pintar con la luz y los colores del significado. Escribir también es componer la música de dentro, la que oyes a partir del ruido del mundo. Escribir es hacer que el pensamiento suene como una sinfonía de frases que limpian la cacofonía mental. Hacer literatura, entonces, no es dibujar letras, sino producir imágenes, música y pensamiento con el lenguaje.

De modo que aquí radica la semejanza entre las artes (coleccionar momentos, movilizar pensamiento y emoción), a la vez que su diferenciación: el soporte.

Los artistas tenemos la misión de rastrear la realidad con el instrumental del sensorio o aparato sensorial. Los escritores en concreto tomamos muestras y elaboramos con la ayuda de la palabra la veracidad. La verdad es probatoria, la veracidad es una experiencia psíquica, el resultado de un acto de comprensión. Ahí entra la buena literatura, que es aquella capaz de tender un puente ligero y seguro entre dos percepciones: la del escritor y la del lector, no menos importante que la del escritor.

Dijo Iván Pávlov que la consciencia añade «algo nuevo» al puro existir. Cuando escribimos estamos añadiendo «algo» a la pura existencia. Escribimos para darnos cuenta. La consciencia es, dijo Husserl, el reflejo psíquico del mundo, la función de la materia. El lenguaje está en la base de su flujo. Tal vez sólo podamos aspirar a ese «darse cuenta». El placer de escribir, o leer, está en hacerse consciente, a pesar del dolor que causa. Cuando escribimos, buscamos interiorizar y luego exteriorizar la multiplicidad, el baile de la vida.

¿Qué es lo que hace que una persona se tome el tiempo y la molestia de escribir cien, quinientas páginas? ¿Será que esa persona considera que tiene algo importante que decir? Lo que mueve a escribir no es la relevancia, sino la curiosidad de indagar más allá de lo obvio o, incluso, indagar en lo obvio. Porque escribir es, ya se ha dicho, un proceso de reconocimiento e investigación. Escribir es como sentarse cara al vacío y darse cuenta de que todos estamos ahí, en la inopia, en el limbo, solos. Frente al abismo, el escritor se dispone a inventar, a enredar. A urdir. Y también a ordenar, cartesianamente ¿por qué no?, el caos de imágenes que no sabes si son verdad. Por lo tanto, escribir es lo más parecido a vivir, y también a morir, porque ante el folio en blanco el escritor está tan solo y asustado como ante la vida y la muerte.

Escribir es dar con algo. Ese “algo” que está fuera de mí y puedo “cazarlo” con mi percepción y podría reelaborarlo con mi intelecto. Pero también está dentro de mí, porque lo he asumido con mi emoción. El mundo sin “interpretación” no está presente. El escribidor lo interpreta y recrea en forma de texto para que quepa en la cabeza y en el corazón.

Creando encuentras mundos -como diría el replicante Roy Batty de Blade Runner- más allá de nuestras galaxias. Y también encuentras tu mundo, y lo percibes de un modo tan nítido que antes te parecerías cegado. Por todo esto me gusta mucho la palabra “escribidor”. Tiene ese componente de “disfrute o fruición” e incluso sedición (rebeldía, insurrección) como “vividor”. El que vive, el que escribe, digan lo que digan. “Escritor” no debería asumir la acepción de docto, venerable, solemne o distante como “rector” o “delator”. De hecho, a la pregunta ¿cómo escribes? Debería contestar diciendo que escribo sola, receptiva y libre.  Más sola, receptiva y libre que cuando no escribo. Y si me preguntaran ¿desde dónde escribes?, podría añadir: desde ese no-lugar donde confluyen pensamiento, memoria, fantasía y emoción.

Por último, pero no menos importante, se escribe como resultado de amar la lectura. Carlos Fuentes decía “tienes que amar la lectura para poder ser un buen escritor, porque escribir no empieza contigo”.  Leyendo a Verne, Dickens, Cervantes, Calvino, Vallejo, Handke, Zambrano, J. Otxoa, Tatiana Tibuleac y tantos más escribidores y escribidoras, suena de fondo, por detrás o por dentro de las palabras, un mensaje más humanista que clásico o contemporáneo: sé valiente, sensible, audaz.

Se ordenado, metódico, tranquilo. Cumple tus metas. Alcanza tus retos. Pero ayuda a quien esté en apuros. Sé solidario. Invierte en tus sueños. Sé honesto. Aprende a ser mejor. Estos son mensajes reflexivos, convencidos de la necesidad de mantenernos dentro del humanismo. Y ésta sería la función última del escritor: preservar y difundir las esencias humanistas. Para eso no hay que volver a tiempos pasados, desde luego que no. Pero tal vez sí haya que darle la vuelta al mundo.

Ángela Mallén

Ángela Mallén

ÁNGELA MALLÉN (Alcolea del Río, Sevilla). Poeta, narradora y aforista. Actualmente reside en Vitoria.

Licenciada en Psicología Clínica por la Universidad de Valencia. Con estudios de Filología y Pedagogía. Ha trabajado como funcionaria, profesora de alemán y traductora.

Ganadora del Premio Internacional de poesía “Juan Bernier” del Ateneo de Córdoba con el poemario En el parque de las jacarandas (2017). Ganadora del II Premio “Leonor de Córdoba” con el poemario Courier -Los trenes del Sur- (2003). Finalista en el Premio Internacional “Poesía Amorosa” del Círculo Bellas Artes Palma de Mallorca con Ángel o Diávolo (2007) y en el XXXV Concurso Internacional de Cuentos “Hucha de Oro” con Los leucocitos de Aurora y Rosalino (Madrid, 2008).

Otras publicaciones en poesía: Palabra de elefante (2007). La noche en una flor de baobab (2009). Cielo Lento (2011). Novela: Los caminos a Karyukai (2005). Narrativa breve: Bolas de Papel de Plata (2014), Entretanto, en algún lugar (2020). Aforismo: Microorganismos (2022).

Como coordinadora del taller de Escritura Creativa de ASAFES dirigió el Proyecto Vectores y la publicación de la antología Como crecen los lirios en el agua (2017).

Ha colaborado en numerosas revistas literarias nacionales e internacionales y ha participado en más de una quincena de antologías, como, por ejemplo, La escritura plural -Antología actual de Poesía Española-(Ars Poetica (Oviedo 2019). Ha sido invitada a numerosos festivales, eventos y ciclos poéticos (Cosmopoética, Poetas en Mayo, Cita con la Poesía…). Ha dirigido el Club de Poesía Vital-Obra Social de Fundación-Vital-Fundazioa y el taller de Escritura Creativa de ASAFES. Ha impartido cursos de poética en la UPV/EHU (Universidad del País Vasco).

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