Las nueve musas
Napoleón Bonaparte

“Napoleón”, una película que deja supervivientes

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En los años 70 del pasado siglo, época de fervor cultural y político, que preparó la transición e inició la democracia de la que aún disfrutamos, el profesor Antonio de Hoyos en Murcia protagonizó una anécdota, entre las muchas que se adjudican a este genial incitador, el autor del ensayo Unamuno, escritor y de otras obras sobre arte italiano renacentista. Teniendo que presentar un libro, a las ocho de la tarde, como mandan los cánones, el profesor de Hoyos saludó al público y dijo: “Aquí, un libro. ¡Vamos a hablar de cine!”.

Napoleón

Algo así, modestia aparte, dice este que escribe esta serie de artículos, solo que, a mí, algunas veces, me ocurre al revés que el profesor: ante una película, me entran ganas de hablar de literatura. (O de filosofía o de política)

En realidad, estos comentarios míos tratan de ir, de frente o casi siempre, oblicuamente, al asunto de las películas que le sirven de excusa. Una vez perdida la modestia, es como una pequeña “Clave” (aquel gran programa de la tele) reducida a un solo tertuliano. Sin embargo, el monologuista en letra intenta -no sabemos si lo consigue o no- dialogar con sus lectores, pone oídos a las opiniones del público que sale de ver una película, compulsa la opinión de algunos amigos, como Anna Rossell, discurre, mira internet, habla con su acompañante…; intenta hacerse eco de una valoración más amplia que la suya. Pero, a fin de cuentas, lector, un artículo es siempre un reflejo de un punto de vista subjetivo, por más que esté uno abierto y trate de informarse sobre los puntos de vista de los otros. En esta honesta posición reside el valor de un artículo -y por descontado, en la gracia o malicia de quien lo escribe en prosa contemporánea.

Tras finalizar la película “Napoleón”, de Ridley Scott, uno se siente un superviviente. Los comentarios, todavía saliendo por el pasillo del cine -el mío, el de mi acompañante y los de algunas jóvenes parejas de espectadores, se resumían en la frase: “¡menudo bodrio!”

No les cuento las dos horas y media largas de tortura, a la que sobreviví con poco aliento, la verdad. Cada vez que Scott simula en la cinta una batalla napoleónica (tengo en mi cerebro el sintagma histórico: batallas napoleónicas, ¡nada menos!) y enchufaba la música a todo trapo, como en el peor videoclip, me ponía las gafas de no ver y me tapaba a cuatro manos las orejas. Un horror de elección de banda sonora, de actores y actrices protagonistas, que no transmiten nada al espectador; un tempo interno inexistente, unos diálogos escritos por uno de primero de taller de guionistas –David Scarpa-, un director que ha hecho inmensas películas en su trayectoria, como Ridley Scott, y que, como Homero, aquí, en este “Napoleón”, ha dormitado.

La cinta es como uno de esos vestidos hechos de retales, mal compuestos, sin tensión alguna; no vamos a esperar a verla en la extensión larga prevista, al parecer, para Netflix: la peli adolece de un defecto fundamental, no hay feeling ni emoción que se pueda recomponer añadiéndole más metraje; el espectador de Netflix, incluso, es muy exigente en este aspecto de la tensión y el suspense, y la peli es tan previsible -a poco que sepas la biografía del sujeto histórico, Napoleón Bonaparte.

El pretendido –solo pretendido, si leemos la cacareada publicidad de la película– intento de profundizar en la relación sentimental entre Josefina y Napoleón se presenta tan deslavazado, en píldoras y escenas entre las cuales no hay una liaison; y el final es tan mala copia de la escena final de El Padrino (ya hemos notado en esta peli y en “Los asesinos de la luna” la falta de imaginación de los autores que imitan, sin ningún pudor, éxitos ya clásicos).

La muerte de Josefina se resuelve como un trámite, pero el autor del relato, indeciso entre centrar su película en esa historia “amorosa” o en la desmitificación de un héroe de retirada en Waterloo, aún nos reserva otra incoherencia. La leyenda, al final, pasa de prisa de la pasión de Napoleón por Josefina-solo la nombra- y enfoca las víctimas de la ambición del Corso.

Cuando muere Napoleón Bonaparte en Santa Elena, el director no termina la película. No. Por si al espectador le ha resultado un relato frío, desangelado y nada emotivo, en el epílogo da un sumando de muertos ocasionados por el general y emperador francés. Creo que la suma final que sale en pantalla supera los tres millones.

No estimamos que sea la intención de su director añadir alguna víctima más ocasionada por la película “Napoleón”.

película napoleón

Epílogo: Me hubiera gustado hablaros de Hegel, el gran filósofo del Romanticismo. Cuando el 13 de octubre de 1806, Hegel se encontraba en Jena (donde surgió el primer romanticismo, el de los Schlegel y Schelling), vio entrar en esa ciudad, victorioso, al emperador francés, quien se dirigía a Berlín, para terminar su ocupación de Prusia. Hegel escribió, entonces: “He visto al emperador –esta alma del mundo– saliendo de la ciudad en tareas de reconocimiento. Qué maravillosa sensación ver a este hombre, que, concentrado en este punto concreto y a caballo, se extiende por el mundo y lo domina. En cuanto a la suerte de los prusianos, no podría haber pronóstico mejor”.

El espíritu del mundo a caballo, debía ser una visión casi extática, para un Hegel que no era precisamente un portento de sentimentalismo, como hombre y como pensador gigante de la filosofía. Quizá, por decir algo bueno de la película de Scott, los dos momentos más interesantes, aunque, todo en la cinta, deslavazado y falta de conexión y tensión, son: el primero, cuando el aún capitán Bonaparte pierde en Tolón su caballo, blanco, brioso, y otro, cuando el ya Emperador entra montado en un caballo gemelo en Moscú, una ciudad sorprendentemente vacía, después de una penosa campaña. La primera escena transmite algo de épica, la segunda se resuelve de forma chusca, con un comentario del actor que hace de Napoleón mientras intenta hacer creíble el fondo de Moscú reconstruido con iconografía de segunda mano, donde se nota, como en las batallas napoleónicas, la inteligencia artificial, infeliz en este caso.

Hubiera sido mejor, quizá, hablaros de filosofía, amigos; pero no sé si era el día para ello.

Fulgencio Martínez

Fulgencio Martínez

FULGENCIO MARTÍNEZ LÓPEZ nació en Murcia; es editor y director de la revista Ágora-papeles de Arte Gramático.

Profesor de filosofía, poeta, ensayista y autor de relatos. Ha publicado, entre otros, los poemarios La segunda persona (Sapere aude, Oviedo, 2021), Línea de cumbres (Madrid, ed. Adarve, 2019), Cancionero y rimas burlescas (Renacimiento Sevilla, 2014), León busca gacela (Renacimiento, Sevilla, 2009), El año de la lentitud (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2013).

Ha publicado la antología La escritura plural, 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura, con textos en cinco lenguas españolas: vasco, catalán, gallego, español y sefardí. (Prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Ars poética, Oviedo).

Es autor de un ensayo sobre la filosofía de Antonio Machado, publicado en la revista Symposium de la Universidad Católica de Pernambuco (Recife, Brasil). Y del libro de relatos El taxidermista y otros del estilo (Diego Marín, ed. Murcia).

Reseñas literarias

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