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Almacenes de Masada

Masada: resumen de una lucha contra Roma

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Roma tuvo que superar grandes dificultades para su expansión a lo largo de los siglos. En muchos casos, la resistencia inicial de los pueblos conquistados fue vencida y estos resultaron totalmente romanizados, en otros como en Germania, las duras derrotas militares y la escasa rentabilidad que se le presumía al territorio, hicieron desistir al invasor. Pero también hubo regiones, que si bien entraron a formar parte del imperio, resultaron muy difíciles de gobernar, como es el caso de la provincia de Judea. La cultura judía, tan opuesta a la romana, hacía que a cada paso en pos de la romanización, se ampliase aún más la brecha que los separaba.

El primer contacto directo entre Roma y Judea se produjo en el siglo I a.C. Tras la tercera guerra mitridática, Roma se dedicó a reestructurar el Oriente helenístico estableciendo reinos clientes y nuevas provincias. Si bien Judea, donde las legiones intervinieron en las disputas por la sucesión al trono, pasó a ser cliente con un cierto grado de autonomía bajo un rey local, al igual que Armenia, el reino seléucida se consideró demasiado inestable para continuar y se convirtió en la provincia romana de Siria.

La peculiaridad cultural judía, especialmente en el terreno religioso, hacía muy conveniente tener a un rey local como vasallo en vez de gobernar directamente. Aun así, la presencia romana era muy visible en forma de legiones y de un prefecto que controlaba la gestión, algo que no gustaba en los sectores más religiosos. Los romanos eran idólatras a sus ojos, por lo que veían a sus gobernantes como traidores e infieles. Además, la existencia de otras etnias que habitaban Judea, con quienes la convivencia resultaba complicada, se traducía en continuos altercados que las legiones resolvían de forma violenta y expeditiva. El gobierno no resultaba sencillo en tales circunstancias.

Herodes
Herodes

A la muerte de Herodes “El Grande”, el año 4 a. C., el reino fue dividido entre sus tres hijos. Arquelao, quedó al frente de Judea, Idumea y Samaria; Herodes Antipas recibió Galilea y Perea, y a Filipo se le concedieron las regiones de Auranítide, Traconítide y Batanea. Todos los territorios seguían siendo clientes de Roma.

El mal gobierno de Arquelao, provocó las protestas de la aristocracia judía, por lo que Augusto decidió, en 6 d. C., relevarlo del mando y convertir a Judea en una provincia romana, al tiempo que se reconocía a la comunidad israelita el derecho a auto regirse en los asuntos religiosos e internos y en la administración de justicia que no comportara pena de muerte, la cual debía pasar por la autoridad romana.

El pasar a ser una provincia del imperio, no facilitó la gobernabilidad, al contrario, la comunidad judía estaba cada vez más resentida con los romanos, así como con sus propios líderes que permitían la idolatría y la limitación de su autonomía. La situación se convirtió en un círculo vicioso, las protestas eran reprimidas con dureza para evitar cualquier resistencia organizada y ello generaba aun mayor resentimiento.

La tensión fue en aumento, hasta que el año 66 DC estalló con violencia, dándose inicio a la denominada primera guerra judeo-romana (66DC-73DC). El detonante resultó ser un linchamiento antisemita en la colonia romana de Cesarea Marítima, que los romanos ni detuvieron, ni castigaron. Ante tamaña injusticia, el hijo del sumo sacerdote exhortó a expulsar a los no judíos de sus ciudades, así como a los romanos por considerar que les protegían. El levantamiento se extendió rápida y violentamente, convirtiéndose en una guerra contra Roma. Los rebeldes tomaron ciudades y fortificaciones, obligando a las legiones a largos periodos de asedio, en espera de que las poblaciones sucumbieran al agotamiento y la falta de suministros.

Masada
Masada – De Andrew Shiva / Wikipedia, CC BY-SA 4.0,

 

Tras unos inicios complicados, el imperio supo reponerse para recuperar el control del territorio. Victoria tras victoria, pareció asestar el golpe definitivo en el año 70DC, con la toma de Jerusalén. Los romanos, que no perdonaban la rebeldía, se ensañaron. La ciudad fue saqueada e incendiada, y su templo, símbolo religioso de los judíos, expoliado y reducido a escombros. Pero el pueblo judío no se rendía, y si bien Roma creía prácticamente aplastada la rebelión, aún quedaban algunos reductos insurrectos activos, principalmente tres fortalezas, y sobre todo, la determinación de plantar cara y seguir luchando. Dos de dichos baluartes, Maqueronte y Herodion, sucumbieron rápidamente, pero el tercero, Masada, seguía irreductible, y estaba provocando muchos problemas a las legiones destinadas en la zona.

El baluarte estaba controlado por los sicarios, un grupo de radicales denominados así por el puñal o sica que solían emplear. Eran una facción de los nacionalistas denominados zelotes. Su líder, Eleazar ben Yair, había huido de Jerusalén tras su caída junto con un grupo de fieles y sus familias, y se había hecho fuerte en aquella localización, que se fue nutriendo de rebeldes con el paso del tiempo.

Masada era una ciudadela construida sobre una meseta de quinientos metros de altura con escarpadas laderas, casi acantilados, situada en el desierto de Judea, cerca del Mar Muerto. Rodeada completamente por una muralla, sólo existían dos senderos que ascendían hasta el lugar. El primero, era un estrecho y sinuoso camino de unos cinco kilómetros que subía por el flanco oriental, y era conocido como “el camino de la serpiente”. El segundo, también angosto, estaba situado en la ladera occidental, y aunque menos tortuoso, estaba directamente custodiado desde la fortaleza. A todo ello, había que añadir que contaba con un gran arsenal, e importantes reservas de metal para la fabricación de armas y municiones para su defensa. Por otra parte, estaba muy bien preparada para resistir un asedio, pues disponía de una gran reserva de alimentos y de agua. Sus grandes almacenes de provisiones, con capacidad para varios años, albergaban todo tipo de comida. Contaban con trigo, leguminosas, aceite, dátiles y vino que se conservaban a la perfección debido al árido ambiente del desierto. Albergaba también fértiles huertos en la cima, que proporcionaban alimentos frescos. Además, los canales excavados en la roca calcárea recogían y conducían el agua de las esporádicas lluvias torrenciales a depósitos subterráneos para su almacenaje. Su nombre hacía justicia a las características del enclave. Masada, romanización del hebreo “metzuda”, que significaba fortaleza.

Croquis de Masada
Croquis de Masada por H. Tristram (1865)

El gobernador de Judea, Lucio Flavio Silva, cansado ya de los problemas que ocasionaba aquel reducto subversivo, decidió firmemente acabar con él. Al mando de la legio X Fretensis, cuatro cohortes auxiliares y dos alas de caballería, más centenares de esclavos judíos, se encaminó a llevar a cabo su propósito. Aquella legión veterana, ya destacó en el asedio y toma de Jerusalén por el uso efectivo de sus máquinas de guerra. También había tomado los reductos de Herodium y Maqueronte, y se dirigía ahora con paso firme a la toma de Masada. Se trataba de un contingente de quince mil hombres y mil caballos, por lo que el general romano tuvo que prepararse para el duro asedio.

Mandó construir una calzada desde Jerusalén, a noventa kilómetros, para que diariamente les llegasen los suministros necesarios para llevar a cabo su empresa. Cuatrocientos burros cargados, proporcionaban cada jornada las dieciséis toneladas de alimento y veintitrés mil litros de agua que se precisaban. Tras ser rechazada su oferta de rendición por los insurgentes, ordenó erigir una muralla de circunvalación alrededor de todo el promontorio con torres de vigilancia a intervalos, y desplegó un total de ocho campamentos que debían servir no sólo como cuartel, sino también para evitar fugas de los sitiados y defenderse frente a incursiones exteriores.

Con los sediciosos incomunicados, realizó varias tentativas para abrir una brecha en las murallas, pero lo angosto de los accesos y la buena defensa, hicieron imposible la misión. Ante esta situación, Lucio Flavio Silva, emprendió una acción más expeditiva, y habida cuenta de la inaccesibilidad de la ciudadela, decidió modificar las circunstancias para cambiar el rumbo de la batalla. Mandó hacer una rampa de unos doscientos metros de longitud por el lado oeste, el de menor desnivel, que llevaría a sus hombres hasta las murallas.

Concluida la obra, construyó una plataforma en la cima, donde instaló una torre de asalto con ariete de unos treinta metros de altura y reforzada con hierro, para romper la defensa. Iniciado el ataque, los artilleros de los pisos superiores disparaban sus escorpiones y balistas para mantener el parapeto libre de sicarios, mientras el ariete situado en el piso inferior, golpeaba continuamente la muralla hasta que se consiguió abrir una brecha. Sin embargo, encontraron una segunda muralla construida detrás. Comenzaron a golpearla, pero pronto descubrieron que no sucumbía ante los impactos, ya que estaba construida con capas alternas de piedra y madera, y absorbía la energía de las sucesivas embestidas, e incluso se fortalecía con ellas.

El general romano, mandó detener la máquina de asedio y envió legionarios para incendiar el muro interior. Pronto se propagaron las llamas, y aunque un cambio en la dirección del viento volvió el fuego contra ellos, e incluso estuvo a punto de quemar la torre de asedio, una nueva variación, interpretada como un buen augurio, avivó la quema y acabó con la muralla. Entonces, el comandante en jefe ordenó montar una fuerte guardia para evitar que los judíos escaparan por la noche a través de la abertura, ya que su intención era lanzar el asalto definitivo al día siguiente.

Ante el inminente ataque de las tropas romanas, y sabiéndose perdidos, el líder de los rebeldes reunió a sus hombres en el palacio occidental, y mediante un emotivo y elocuente discurso, propuso darse muerte ellos mismos para evitar ser hechos prisioneros y vendidos como esclavos. Al estar el suicidio denostado por su religión, los hombres mataron a sus familias y luego eligieron a diez de entre ellos para que acabasen con la vida de los demás. Posteriormente seleccionaron a uno, quien fue el que quedó el último, y que antes de, este sí, quitarse la vida, prendió fuego a la fortaleza, excepto a los víveres, para así demostrar que habían actuado por convicción y no por desesperación.

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Cuando los legionarios irrumpieron en la ciudadela, dispuestos a combatir, presenciaron las llamas que asolaban el campamento, y envolvían el más absoluto y desolador silencio. Hallaron novecientos sesenta cuerpos sin vida. Únicamente una anciana y una mujer con sus cinco hijos, que se habían refugiado en las galerías subterráneas, sobrevivieron. Fueron ellas las que relataron las últimas palabras que el líder sicario había dirigido a sus hombres. Admirados por la valentía y resolución de los defensores, los romanos perdonaron la vida a los supervivientes.

La toma de Masada, en el año 73 DC, supuso el final de la revuelta y la pacificación del territorio de Judea. La conquista en sí de la fortaleza, fue un resumen de todo lo que había supuesto la guerra, así como de la propia determinación de los rebeldes, que prefirieron morir a volver a someterse.

Pero aquel episodio no supuso el final de los conflictos, ya que nuevas revueltas estallaron durante los años posteriores, siendo las más importantes la del 115DC al 117DC, llevada a cabo por comunidades judías a lo largo del imperio y conocida como Guerra de Kitos, y la guerra de liberación del 132DC al 136DC en época de Adriano, revuelta encabezada por Simón Bar Kojba, un personaje de tintes mesiánicos encumbrado por el sanedrín. En este último levantamiento, el emperador, una vez aplastada la resistencia judía y a pesar de ser conocido por su interés por las culturas que conformaban el Imperio, reaccionó con puño de hierro. Fusionó Judea con Siria en una única provincia, limitó las libertades religiosas de los judíos y refundó Jerusalén como ciudad romana (Aelia Capitolina), prohibiéndoles la entrada en ella. Sobre el templo, se erigió un edificio para honrar a Júpiter, acompañado de multitud de otros templos en honor de todo tipo de dioses. De esta forma, Adriano, que calificó a los judíos como “fanáticos con un solo dios”, acabó con el problema que suponía un pueblo que llevaba un siglo y medio resistiéndose a formar parte del Imperio. Al igual que sus predecesores, había optado por suprimir cualquier disidencia a golpe de legiones. Les arrebató su capital espiritual y sus referentes, el pueblo de Israel había perdido la Tierra Prometida y pasarían siglos hasta que volvieran a recuperarla.

El consejero de Roma
  • Beristain, Lander (Autor)

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Lander Beristain

Lander Beristain

Lander Beristain, San Sebastián (Gipuzkoa) 1971. Siendo el menor de tres hermanos, se crió en el seno de una familia de clase media que además de aportarle su cariño, le inculcó el gusto por la educación y la cultura, así como unos valores personales marcados a fuego que aplica en todos los aspectos de su vida y proyectos en los que se implica.

Pasó su infancia en Deba (Gipuzkoa) y posteriormente se trasladó a vivir a San Sebastián.

Apasionado de la literatura y de la historia del imperio romano, así como de las novelas históricas que leía en diversos idiomas, tuvo que relegarlos a un segundo plano para acometer sus estudios de Ingeniería industrial en la Universidad de Navarra y desarrollar una carrera profesional estable.

Con infinidad de ideas en su cabeza comenzó a escribir “El Consejero de Roma” en 2017, tardando 2 años en confeccionar el primer borrador. Posteriormente fue puliendo diversos detalles y aspectos, antes de presentarlo a “Las nueve musas ediciones” para su edición, de forma que quedase listo para ver la luz. Un momento tan esperado como ilusionante.

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