Las nueve musas
Los asesinos de la luna

«Los asesinos de la luna». Un apunte crítico

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El domingo pasado, 5 de noviembre de 2023, vi en un cine de Tarazona la nueva película de Martin Scorsese “Los asesinos de la luna” (título en la versión española).

No conozco aún la novela en la que se basa el director y coguionista del film. Me limitaré a opinar y, modestamente, a reflexionar sobre lo que he visto en la pantalla. Esta es, os lo aseguro, mi primera “crítica de cine”, o, para ser más prudentes, mi primer apunte en el cuaderno de un aficionado a ver cierto tipo de cine. Aquel que deja abierta una frontera a la mirada filosófica.

No renuncio, a mi modo, a dar mi valoración artística del film, que me ha parecido muy lejos de ser una obra maestra, aunque me ha resultado como espectador un relato muy interesante (el relato en imágenes y sonidos, pero también la indagación psicológica de la pareja protagonista, únicos dramatis personae, en mi opinión, que poseen una psicología individualizada, mientras los demás son personajes clisés o, en todo caso, corales. Así, el relato se interioriza en ese único plano, la relación de amor dramática y por contradictoria no menos interesante entre el matrimonio encarnado por el actor Leonardo DiCaprio y la actriz Lily Gladstone). La larga duración del relato -casi tres hora y media- no me ha representado ningún grave inconveniente, aunque, a decir verdad, creo que podría haberse reducido el mismo pero solo en unos pocos minutos, si se hubiera prescindido de aquello a que me referiré luego.

Me pareció que la tensión dramática y temática mantiene entretenida la expectación, y que el autor de la película dirige a la perfección los tres movimientos en que se pauta la narración, estableciendo una primera apertura y presentación del tema, a continuación una serie de peripecias que llevan a su clímax la problemática, que, en síntesis, es una serie de asesinatos y atentados contra una familia de indios de la tribu Osage de Oklahoma en los años 20 del pasado siglo, con la finalidad de quedarse con su dinero y bienes que les pertenecían como propietarios de tierras “bendecidas” por el oro negro, el petróleo surtido de ellas.

Leonardo DiCaprio

Violencia completamente desproporcionada, dirigida por una especie de cacique representante de las fuerzas vivas de la comunidad blanca (el personaje encarnado por Robert de Niro), un estereotipo del gánster (la película no es para nada un wéstern, sino una película de gánster, complicada con un drama psicológico y humano de la pareja coprotagonista, únicos seres reales del film). Esta especie de cacique bueno en apariencia y desquiciado psíquicamente en ningún momento se plantea la moralidad de sus actos, iba a escribir que le importa nada el medio que utilice para su fin (la bomba o la bala) pero eso sería destacar lo menos relevante: desde el primer momento, demuestra tener un sentido de superioridad sobre los demás (en la primera escena, sobre su sobrino recién llegado de la guerra europea). Trata a todos los que les rodean como cosas, es evidente; son otros tantos medios para su fin, absurdo, en el fondo, pues anhela quedarse él o los que desciendan de él, con toda la riqueza de la tierra. Considera que nada merecen los nativos Osage, pero tampoco ninguna clase de hombres que no sean los que él representa. Sin embargo, mantiene una apariencia de hombre honesto, benefactor de la comunidad: para satisfacción de su ego de jefe de gánster y árbitro absoluto de la vida y de la muerte de todos los miembros de aquella sociedad.

Sorprende, sin embargo, que acepten sus encargos, como soldados encargados de asesinar en nombre del jefe, algunas personas que tienen familia y unas vidas normalizadas en la sociedad. El caso, sin embargo, más dramático es el de su sobrino, encarnado por DiCaprio, quien recibe el encargo de “liquidar” lentamente a su esposa, de la que está muy enamorado. No es esta una historia inusual en los dramas “mafiosos”, a los que el cine americano nos tiene acostumbrados: ese paso de la prueba del amor por el asesinato del otro (pensemos en “El honor de los Prizzi”, aunque en esta película grandiosa de John Huston la relación de amor y asesinato es menos potente que la narrada en “Los asesinos de la luna”). El desenlace comienza a partir de la muerte de otro ser inocente, la hija del matrimonio; hecho que desfonda a los protagonistas y que a la vez levanta del todo la máscara al discurso cínico del buen gánster y padrino, quien no tiene ni siquiera una palabra de humanidad que decir sobre esa muerte, epítome de tantas ordenadas por su codicia.

La película de Martin Scorsese adolece de un final postizo, a modo de epílogo, propio de un vodevil. No es solo un final absurdo, como ha dicho Eduardo Torres-Dulce (en el programa de cine de Luis Herrero, “Cowboys de medianoche”), es un final que diluye y deshace la narración, es decir, la película. ¿Por qué? No es suficiente aducir la tentación de ser original. ¿Por qué la torpeza que destruye una gran película? ¿Está obligada por el tipo de público de nuestra época? No creo, o no es razón suficiente. En una película de Woody Allen hubiera sido hermoso, divertido, genial incluso, sin destruir el film. La nota, no diré ni siquiera desmitificadora (eso sería mucho) sino nihilizante que introduce el final, deshace toda la verosimilitud del relato; es un juego sorprendente, pero inútil. O en todo caso, desde otra lectura última, indicaría un desencanto absoluto del autor.

Los asesinos de la luna

Antes de ese final, el silencio en que la esposa india deja a su marido tras ponerle por delante de su conciencia la intención de este de matarla con una droga que le apagara poco a poco (otro de los medios ideados por el jefe blanco gánster), es suficientemente expresivo para poner punto final a la narración y dejar al espectador en la frontera con la ética. Además, desde el punto de vista temático, hubiera sido coherente, muy coherente, con las palabras que el propio jefe blanco le dirige a su sobrino, antes de convertirse en esposo de la rica heredera Osage: esa gente habla más con sus silencios que con palabras. Martin Scorsese echa un borrón a su propio talento, optando por un final metadiscursivo, propio de los shows televisivos americanos (aunque aquí es un show radiofónico) donde el ego del artista o narrador sale a saludar al público. No es coherente en esta historia, ni lo es en el cine de Scorsese.

Pero, si esa última palabra del fin, que como el último verso de un poema es aquello en que el artista ha de poner más talento verbal pues es el sonido último que se graba en la memoria del lector, o en este caso, del espectador (todas las artes, recordemos, son hijas o nietas de la Memoria, y cualquier forma de expresión artística aspira a vivir en la memoria); si ese final es más que decepcionante, un pegote mal puesto a una valiosa labor de taracea cinematográfica, que reúne historia, interpretación actoral, fotografía, dirección artística, sonido y múltiples talentos conjugados de manera acorde con la intención creadora del director de la película, no es lo peor de “Los asesinos de la luna”.

Martin Scorsese

Lo que, en mi opinión, la desinfla es la presentación de dos o tres escenas retrospectivas, durante un juicio, donde se explica visualmente al lector-espectador los momentos culminantes de algunos de los asesinatos (no de todos, curiosamente, de forma arbitraria no de todos) que habían sido evitados para favorecer la narración; es esa como una concesión a los films de televisión, a las mentes demasiado literales y necesitadas de una “reconstrucción” total de lo narrado elípticamente. Esa torpeza no produce ya ni siquiera la admiración a la que sigue inmediatamente la decepción, del final sorprendente e inútil o absurdo. Es una concesión estructural en la película, demuestra que el director no ha trabajado mejor cómo resolver el modo de dirigirse a ese espectador fácil.

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Fulgencio Martínez

Fulgencio Martínez

FULGENCIO MARTÍNEZ LÓPEZ nació en Murcia; es editor y director de la revista Ágora-papeles de Arte Gramático.

Profesor de filosofía, poeta, ensayista y autor de relatos. Ha publicado, entre otros, los poemarios La segunda persona (Sapere aude, Oviedo, 2021), Línea de cumbres (Madrid, ed. Adarve, 2019), Cancionero y rimas burlescas (Renacimiento Sevilla, 2014), León busca gacela (Renacimiento, Sevilla, 2009), El año de la lentitud (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2013).

Ha publicado la antología La escritura plural, 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura, con textos en cinco lenguas españolas: vasco, catalán, gallego, español y sefardí. (Prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Ars poética, Oviedo).

Es autor de un ensayo sobre la filosofía de Antonio Machado, publicado en la revista Symposium de la Universidad Católica de Pernambuco (Recife, Brasil). Y del libro de relatos El taxidermista y otros del estilo (Diego Marín, ed. Murcia).

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