Quizá el lector de estas patrañas mías en forma de artículos quede sorprendido por el tema que hoy voy a tratar: la televisión.
—“¿Desde cuándo es usted también crítico de televisión?”.
A lo que me adelanto a responder: desde los siete años. Yo llegué en esa edad al primer televisor que anduvo por casa de mis padres, y he sido desde que tuve uso de razón, en mi infancia, un discreto espectador televisivo.
Los años no nos hacen más sabios, dijo el poeta —T.S. Eliot, creo recordar—. Nos dan, si acaso, experiencia, pero no comprensión. O al menos, no se incorpora la comprensión de suyo a la experiencia; comprender es casi siempre un acto de mirar dentro de uno y algunas veces, de prestar oídos atentos a las palabras o a los actos de otro ser humano: al ejercicio de la razón que, gracias a ese otro, vemos, oímos o leemos practicar, bien sea por vía de un libro, de una imagen, o de esos medios inventados por la modernidad: el cine, la televisión, el video…
La televisión fue, en mi infancia y adolescencia, el medio equivalente a internet, para generaciones posteriores a la mía. Un medio total. —Solo le faltaba la interactividad con el público, y la incorporación del resto de los sentidos, además de oído y vista. Claro que era aún en blanco y negro, en aquellos años finales de los 60 y década de los 70, digo, del pasado siglo (este en que estamos, también pasará…)—. Aquella tele era una colección de géneros: teatro, cine, entrevistas culturales, informativos, dibujos animados, programación juvenil e infantil en horario de ídem, musicales.
¿Lo que más me gustaba de niño? Sorpréndete: los Estudio 1, de RTVE. Pero tanto como a mí, o mucho más que a mí, esas emisiones del mejor teatro del siglo XX y clásico, tanto universal como especialmente español, eran el postre favorito de los vecinos de mi barrio. Puedo hablar concretamente de mi calle y de la puerta de mi casa, donde, tras la cena, se reunían grupos de personas, mujeres pero también algunos hombres, a ver la tele. Mis padres ponían el televisor mirando para la calle, y lo mismo hacían en otras calles, barrios y casas.
De modo que en esos pequeños conciliábulos se veía juntos teatro del bueno, además, claro, de novelas pasadas por la tele y dirigidas por directores de televisión tan grandes por Gustavo Pérez Puig y Pilar Miró (¡no es moco de pavo, eso!), con actores y actrices tan geniales como Lola Herrera (el señorío en la interpretación), José Bódalo (camaleónico, un hombre sin piedad o, más tarde, el ciego de Misericordia, de Galdós); y Pepe Martín (El conde de Montecristo), y Fiorella Faltoyano (bellísima, malísima y tan sexi) y otros muchos más, inolvidables. Con esto, os digo que se nos pasó la infancia tan requetebién, y llegó la adolescencia: “Encuentros con las letras”, “A fondo”, programa de entrevistas a escritores y artistas, dirigido y presentado por Joaquín Soler Serrano. Búscalo en youtube. Sigue siendo el mejor programa de televisión española de todos los tiempos.
En aquella tele no todo era, como diría mi padre, Educación y Descanso. (Por entonces, había un Ministerio que se llamaba así. Y mi progenitor, más allá de la ironía, acostumbraba a decir para reprenderme por algo: no tienes Educación y Descanso). Había entonces programas de televisión que no se dirigían al entretenimiento cultural, sino al adoctrinamiento ideológico, propio del Régimen franquista. Pero, de esos programas no me acuerdo; ni siquiera de sus nombres… He dicho que de niño ya era yo un discreto mirón de la tele.

















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