Las nueve musas
santa Olga de Kiev
santa Olga de Kiev

La primera conversión de la santa Rusia

En los años ya remotos de mi infancia, los fieles católicos de todas las edades rogaban a Dios “por la conversión de Rusia”, ya fuera en los concurridos templos o en los rosarios de intenciones que se rezaban en los colegios de toda España.

El asunto venía de lejos, concretamente desde las primeras apariciones de Fátima, en 1917, en las que la Virgen pidió a los videntes que orasen por Rusia.

Lucía dos Santos, Francisco Marto y Jacinta Marto

Los pequeños videntes (los hermanos san Francisco y santa Jacinta Marto y su prima Lucía dos Santos, de 8, 7 y 10 años respectivamente) desconocían la existencia de un país con ese nombre y creyeron que la Virgen aludía a una señora. Ya aclaradas las cosas y habida cuenta de la deriva antirreligiosa y atea del régimen soviético, el 13 de junio de 1929 la Virgen insistió a sor Lucía dos Santos: Ha llegado el momento en que Dios pide al Santo Padre que haga, en unión con todos los obispos del mundo, la Consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón; prometiendo salvarla por este medio. Son tantas las almas que la justicia de Dios condena por pecados cometidos contra Mí, que vengo a pedir reparación.

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Vladimir el Grande

Nacida en marzo de 1907, sor Lucía falleció en febrero de 2005 con tiempo suficiente para conocer el restablecimiento de las instituciones de las iglesias ortodoxas rusas como una de las secuelas de la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, restablecimiento en el que algunos quieren ver –con dudoso acierto– la segunda conversión de Rusia. La primera conversión, sin embargo, se produjo mucho antes, a finales del siglo X y por decisión de un personaje singular, Vladimir el Grande, nieto de una santa despiadada y autócrata pagano que también dio muestras de crueldad implacable antes de convertirse en un santo venerado por los fieles cristianos, con inclusión de los católicos. La iglesia de Roma admite en su santoral a todos los beatificados por las iglesias orientales siempre y cuando hayan vivido antes de 1054, es decir, antes de producirse el llamado Cisma de Oriente y Occidente, cuando, en el mes de julio de ese año, el obispo de Roma y el patriarca ecuménico de Constantinopla (al unísono con otros jerarcas eclesiásticos orientales) se excomulgaron mutuamente.

Para conocer los acontecimientos que tuvieron lugar en el gran espacio geográfico que hoy ocupan los territorios de Bielorrusia, Ucrania y el oeste de Rusia –en lo sucesivo y para simplificar, “Rusia”– entre mediados del siglo IX y comienzos del siglo XII, es preciso acudir a la crónica compilada por los monjes del monasterio de las Cuevas de la ciudad de Kiev, conocida como Crónica de Néstor o Primera crónica eslava. Es la historia de la Rus de Kiev, el primer Estado eslavo oriental, obra recientemente traducida, prologada y anotada por el profesor Ángel Luis Encinas Moral (“Relato de los años pasados”; Miraguano Ediciones, Madrid, 2004). Otras numerosas fuentes actualizadas provienen de los estudios realizados por las iglesias ortodoxas de Rusia y Ucrania –especialmente los de los Estados Unidos– que pueden consultarse en Internet, aunque se advierten innumerables discrepancias en lo que respecta a las fechas y al origen de las personas. En este sentido, es bien conocido el debate que mantienen los historiadores eslavistas de Rusia, Ucrania y Polonia, de un lado, y los normandistas de Alemania, Dinamarca, Noruega y Suecia, de otro, sobre la importancia del papel que jugaron en el devenir de Rusia los occidentales germánicos y escandinavos (en lo sucesivo, los “varegos”).

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El gran espacio geográfico que se ha mencionado, colindante con el imperio bizantino, estaba recorrido de norte a sur, desde el Báltico hasta Constantinopla, por caminos y una entramada red de vías fluviales –conocida como Ruta de los Varegos (vikingos, normandos)– que facilitaba el tránsito de personas y el intercambio de productos nórdicos como las pieles, la cera, la miel, el ámbar y esclavos por productos bizantinos como el vino, joyas, vidrio, telas, especias y libros. Las agrupaciones de las tribus eslavas no alcanzaban la categoría de estados embrionarios. Practicaban continuas guerras de conquista, con la impagable ayuda de mercenarios varegos, en las que los vencedores convertían en copa dorada los cráneos de los enemigos y realizaban sacrificios humanos a los dioses de la mitología eslava. Pero la inferioridad del desarrollo cultural frente a Bizancio no se correspondía con una inferioridad bélica; entre los años 912 y 945, gobernó la Rus de Kiev el príncipe Ígor, que sitió a Constantinopla en dos ocasiones, firmó un tratado con el emperador y le ayudó a reprimir una de las revueltas que el general Bardas Phocas organizó contra la dinastía macedónica.

Ígor de Kiev estaba casado con Olga, una dama principal de la ciudad de Peskov (en el noroeste de la actual Rusia, a escasos kilómetros de la frontera con Estonia) y, según se cree, de origen varego. Olga demostró su extraordinaria capacidad de mando cuando Ígor fue asesinado en 945 al dirigirse a Kórosten –capital de la tribu eslava de los drevlianos cuyo territorio se extendía entre los ríos Dniéster y Dniéper– para cobrarles unos tributos que ellos consideraron abusivos. Olga quedaba viuda con un hijo de tres años: Sviatoslav Ígorovich.

Los drevlianos pronto enviaron veinte emisarios prominentes para proponer a Olga el matrimonio con su dirigente, Mal de Kórosten, pero ella estaba determinada a permanecer en el poder de la Rus de Kiev y preservarlo para su hijo. Según relata la Crónica de Néstor, la viuda dio orden de enterrar vivos a los emisarios e inmediatamente envió una comunicación al príncipe Mal accediendo al enlace matrimonial, pero exigiendo que le enviaran a las personas más distinguidas para que la escoltaran durante el viaje. Cuando llegaron esos dignatarios drevelianos, fueron invitados a relajarse y descansar en una casa de baños. Una vez dentro, Olga ordenó cerrar las puertas e incendiar el edificio para que murieran abrasados. Pero la venganza no había hecho sino comenzar. Olga se dirigió a Kórosten y organizó un fastuoso festín funerario en honor a su marido Ígor, servido por sus criados con la instrucción de procurar la embriaguez de los invitados. Cuando éstos estuvieron suficientemente aturdidos por el alcohol, los soldados de Olga asesinaron a más de cinco mil personas. Protegida por su guardia, la viuda regresó a Kiev y preparó el golpe definitivo con un ejército bien pertrechado. En el asedio a Kórosten, los drevelianos le pidieron clemencia y le ofrecieron pagar por sus vidas y su libertad. Ella aceptó la oferta. Dijo que no quería ser una carga para los campesinos y reclamó tres palomas y tres gorriones de cada casa. Cuando se atendió a esa petición, se distribuyó un gorrión y una paloma a cada soldado con la indicación de que se les atara a una pata un trocito de azufre con unos cabos de tela a modo de mecha. Al caer la tarde, se encendieron las mechas y se soltaron las aves. El incendio de Kórosten fue pavoroso y casi simultáneo en todas las casas. Los soldados de Olga persiguieron a los que huían, matando a muchos y capturando a otros para esclavizarlos. Los que quedaron con vida terminaron pagando los tributos que había exigido el difunto Ígor.

Sea cual fuere el grado de veracidad de la Cronica, lo cierto es que la tribu drevliana quedó incorporada a la Rus de Kiev en 946.

san Adalberto de Magdeburgo

Olga fue la primera de los gobernantes eslavos en recibir las aguas del bautismo. El emperador (y escritor) bizantino Constantino VII Porfirogéneta (se denominaba porfirogénetas a  aquellos que habían nacido en la estancia púrpura del palacio de Bucoleón, especialmente destinada al alumbramiento de los herederos del trono bizantino; tenían una categoría superior a la de los hermanos nacidos antes de que el progenitor ascendiera al trono) describe minuciosamente en su obra De Ceremoniis el protocolo que se siguió para la recepción y la ceremonia bautismal de Olga, en la que ésta adoptó el nombre cristiano de Elena en honor a la emperatriz bizantina.

En 959, Olga envió emisarios al rey alemán Otón I para pedirle un obispo y sacerdotes misioneros. El rey envió al monje Adalberto de Magdeburgo, sujeto a la obediencia del obispo de Roma, para cumplir las funciones de primer obispo de Kiev.

La feroz Olga falleció a edad muy avanzada, en 969, dos años después que su hijo Sviatoslav Ígorovich, sin haber logrado la conversión de éste (Si me convierto a una religión extranjera mis súbditos se reirán de mí, decía Sviatoslav), aunque se cree que tuvo éxito con la conversión de Yaropolk (en el 979, el papa Benedicto VII le envió emisarios) y Oleg, dos de sus tres nietos. En una fecha imprecisa del siglo XIII, Olga fue elevada a los altares por su contribución a la cristianización de Ucrania y otros territorios de Rusia y porque, tras el bautismo, siguió a nuestro Señor Dios en todas sus obras bondadosas, iluminándose con ellas, vistiendo a los desnudos, saciando a los sedientos y calmando a los peregrinos, a los indigentes, a las viudas y a los huérfanos, compadeciéndose de todos y entregando a todos lo que les era necesario, con serenidad y con amor en su corazón. Su fiesta se celebra el 24 de julio.

Sviatoslav había tenido los dos hijos legítimos ya mencionados, Yaropolk y Oleg y un hijo menor, Vladimir habido con su concubina favorita, la drevliana Malusha, criada de Olga y bautizada en Constantinopla junto con ésta, pero el niño quedó bajo la tutela de su tío materno, Dobrinia, que era ferviente pagano. A la muerte de Olga, Vladimir Sviatoslavich apenas contaba seis años, de manera que no había sido cristianizado. En 967, tras el fallecimiento de Sviatoslav, el primogénito Yaropolk ocupó la Rus de Kiev en tanto que el hijo segundo, Oleg, ocupó la de Kórosten, los antiguos dominios de los drevlianos. A Vladimir se le asignó el gobierno de la Rus Nóvgorod, en el extremo norte de Rusia. Las luchas fratricidas no tardaron en desencadenarse. Yaropolk atacó a Oleg, que murió en el combate, y después se dirigió contra Nóvgorod. Vladimir abandonó su capital y huyó hacia Escandinavia prometiendo regresar para devolver la visita a su hermanastro. No tardó en hacerlo al frente de un poderoso ejército que obligó a Yaropolk a batirse en retirada hacia la bien fortificada Kiev, pero el joven Vladimir era digno nieto de su santa abuela.

santa Rusia
Sergey Kirillov. “Princesa Olga (Bautismo). La primera parte de la trilogía “Santa Rusia”. 1993. Óleo sobre lienzo

Hacia el año 980, Yaropolk había pedido a Ragvald, dirigente de Pólastk (ciudad situada al norte de la actual Bielorrusia), la mano de su hija Rogneda. En un gesto de desafío, Vladimir hizo otro tanto. El futuro suegro no quiso ofender al pretendiente que quedase descartado, permitiendo que la propia Rogneda eligiera a uno de los hermanos como marido y ella eligió a Yaropolk, pero con el agravante de enviar a Vladimir un mensaje muy vejatorio. Vladimir reaccionó a la humillación conquistando los dominios de Pólastk, donde violó a Rogneda en presencia de sus padres y hermanos, a los que dio muerte antes de incorporarla a su harén. Después, preparó la visita del rencor a su hermanastro en Kiev.

Vladimir sobornó a Blude, ministro principal de Yaropolk, para que convenciera a su señor de que le convendría más rendirse y retirarse a otros territorios. Yaropolk así lo hizo, pero Vladimir ordenó que lo ejecutasen. Después, ya como único Gran Príncipe de todas las Rusias –al igual que lo había sido su padre Sviatoslav– premió espléndidamente al ministro infiel, dedicándole suntuosos festejos a lo largo de tres días. Pero, al finalizar esos días, llamó a Blude a su presencia y le dijo: He mantenido fielmente mis promesas. Te he recibido con una gran bienvenida y te he colmado de honores excepcionales. Lo hice como amigo. Hoy, como juez, condeno al traidor y al asesino de su príncipe. Acto seguido se ejecutó la sentencia de muerte.

Sviatoslav Ígorevich

Sin embargo, el belicista Vladimir no se conformó con los enormes territorios que antes había regido su padre y se extendían desde el Volga hasta el Danubio. Se había acostumbrado a conseguir mediante la fuerza las cosas que deseaba y él deseaba ensanchar sus dominios. Invadió Polonia, guerreó contra otras tribus y consiguió ampliar sus feudos. Tenía motivos para estar satisfecho, pero inició preparativos para una campaña contra el imperio bizantino.

Como buen creyente pagano, Vladimir se sentía agradecido a los dioses del panteón eslavo que le habían procurado –concubinas aparte– cinco esposas, diez hijos (cuatro de ellos con Rogneda la violada) y dos hijas, y había dilatado su jurisdicción desde el mar Báltico en el norte hasta el rio Boug en el sur. En acción de gracias, ordenó restaurar y levantar nuevos santuarios dedicados a Dasbog, dios solar que nacía y crecía hasta hacerse viejo al final de cada día y moría en la noche para renacer al día siguiente; a Simargi, dios del fuego con forma de perro alado; a Mokosh, diosa protectora de los niños y las mujeres a la que gustaba vestirse de vieja y visitar los hogares; a Striborg, dios del viento y los cielos que trae la primavera después del crudo invierno, se mueve incesantemente y es capaz de colarse por los resquicios más estrechos; y, sobre todos ellos, a Perún, padre de Dasbog y dios de la guerra, el trueno, el rayo, la fertilidad y los robles, con cuyos troncos solía tallarse su imagen en forma de venerable anciano barbudo y bigotudo con cabeza de plata y largos bigotes y patillas de oro. En Nóvgorod, el amado tío de Vladimir, Dobrinia, le había erigido un importante santuario. Ahora, para el dios Perún encargó Vladimir en Kiev nuevas patillas de oro y sacrificios humanos, práctica hasta entonces desconocida entre los eslavos del Dniéper. La víctima propiciatoria se elegía mediante un sorteo dirigido por los hechiceros idólatras y, en esta ocasión, por dudosa casualidad, el azar señaló a un joven cristiano de origen varego, Juan (Ioann), hijo del guerrero Teodoro (Feodor), también cristiano. Teodoro se negó a tolerar el sacrificio del hijo –¡No entregaré mi hijo a los demonios! – y arengó a las masas en la plaza pública con un discurso en el que desprestigiaba a los ídolos y creencias paganas y ensalzaba al Dios único del cristianismo. Después, seguidos por la turba enfurecida, padre e hijo se refugiaron en su casa, empuñaron las armas e hicieron frente a la multitud desde la entrada de la vivienda. Si en verdad son dioses –dijo Feodor– que envíen a uno de ellos para que se apodere de mi hijo. En la antigua Rusia, la entrada de las casas se situaba en una galería del segundo piso a la que se accedía por una escala. La muchedumbre derribó los pilares que sostenían la galería y los linchó. San Feodor y san Ioann entrarán en la historia ruso-ucrania como los primeros mártires cristianos.

Se dice que el discurso de san Feodor contra los ídolos fue tan convincente que la fe pagana de Vladimir se tambaleó, despertándose su interés por las otras religiones de sus súbditos. Quiso conocer las ventajas y desventajas del islam, el judaísmo y el cristianismo y, para asesorarse, nombró un comité de diez boyardos (nobles terratenientes eslavos) que estudiarían el asunto. Vladimir desechó el islam porque prohibía la ingesta de alcohol y carne de cerdo, aunque era la única religión que permitía la poligamia. Excluyó de plano el judaísmo porque no tenía patria y sus pobres seguidores deambulaban por el mundo bajo la sombra de una maldición. La religión de los griegos, por el contrario, carecía de inconvenientes y facilitaría a Vladimir la amistad con el gran imperio bizantino. Los boyardos enviados a Constantinopla describieron a Vladímir el esplendor deslumbrante de Santa Sofía y la grandiosidad de los servicios religiosos celebrados por el patriarca con el acompañamiento de los sublimes cánticos del coro real: ¡Ni siquiera sabíamos si estábamos en la tierra o en el cielo! – le contaron, animándole a la conversión. Le dieron un argumento que pesó decisivamente en el ánimo de Valdimir: Si le fe de los griegos no hubiera sido superior a las demás creencias, tu abuela, Olga, que fue la más sabia de los vivientes, no la hubiera abrazado.

Mapa del Imperio durante el reinado de Basilio II

El sátrapa decidió hacerse cristiano, pero dejando bien claro que ello no conllevaba ningún tipo de subordinación al imperio bizantino. Ahora bien, no es posible ser cristiano sin pasar antes por el rito del bautismo y es aquí donde se le plantearon problemas al orgulloso Vladimir. Cualquiera de los muchos sacerdotes que habitaban en sus tierras podría administrarle el sacramento, pero Vladimir el Grande, el señor de infinitos bosques, estepas, ríos y lagos, exigía un trato diferenciado y acorde con su autoridad soberana. Solo recibiría las aguas bautismales si eran vertidas por la más alta jerarquía eclesiástica, el patriarca de Constantinopla u otro arzobispo. El problema estaba en que no había ningún arzobispo en los dominios de Vladimir. Basilio II y Constantino VIII, hermanos y emperadores de Bizancio, con gusto le habrían enviado a un mitrado, pero Vladimir no pedía favores a nadie. Decidió conseguir un prelado por sus propios medios y declaró la guerra a Bizancio, ofreciendo a sus huestes el derecho de saqueo.        

Ruinas de Quersoneso

El primer obstáculo serio con el que toparon las tropas rusas fue la fortificada ciudad bizantina de Quersoneso (actualmente es un suburbio de Sebastopol, en Crimea). Tras medio año de asedio la ciudad seguía resistiendo y la ansiedad de Vladimir crecía de día en día, hasta que un traidor lanzó desde la ciudad una flecha a la que iba atado un mensaje en el que se explicaba que el abastecimiento de agua se situaba a la espalda del campamento ruso. Vladimir cortó el suministro y la ciudad se rindió.

En Quersoneso moraban varios mitrados deseosos de bautizar a Valdimir, pero éste no se conformó. Envió un mensajero a la amenazada Constantinopla para pedir a los emperadores la mano de su hermana Ana Porfirogéneta, de quine años, advirtiendo que si se la negaban marcharía contra la capital imperial. Los emperadores respondieron que una princesa bizantina no podía contraer matrimonio con un pagano; no opondrían ningún impedimento si Vladimir fuera cristiano. Éste aceptó la condición, aunque, en aquellos momentos y por causas que la tradición no aclara, se había quedado ciego.

La renuente novia bizantina –bellísima, según las crónicas– llegó a Quersoneso acompañada de un gran séquito del que formaban parte sacerdotes y maestros; es de suponer que se quedaría consternada al encontrarse con un novio aquejado de ceguera. El bautismo y la boda se celebraron en el mismo día y con tanta fortuna que el príncipe recuperó milagrosamente la vista en la pila bautismal: Ahora he visto al verdadero Dios, dicen que dijo. Adoptó el nombre cristiano de su padrino, el emperador Basilio y a partir de aquel momento su vida dio un giro tan radical como el de san Pablo en el camino de Damasco. Los historiadores no se ponen de acuerdo en cuanto a la fecha de este bautismo decisivo para la historia de Rusia. Unos lo sitúan en 988 o 989. Otros, en enero o en diciembre de 987 (respectivamente, Lavrov, Aleksandr y Gonneau, Pierre: Des Rhôs à la Russie : Histoire de l’Europe orientale, v. 730-1689. París: Presses universitaires de France, 2012, y Vodoff, Vladimir: Christianisme, pouvoir et société chez les Slaves orientaux : Xe ‑ XVIIe siècles autour du mythe de la Sainte Russie. París: Institut d’études slaves, 2003).

Vladimir inició una nueva vida de piedad y castidad. Se apartó de sus otras mujeres. Rogneda de Pólastk ingresó en un convento y adoptó el nombre de Anastasia; en 1825 sería recordada por Kondrati Ryleyev en su poema narrativo Rogneda, en el que se inspiró Aleksander Serov para su ópera nacionalista del mismo título, estrenada en 1865.

Tras devolver a los bizantinos la colonia de Quersoneso, Vladimir regresó a Kiev con su esposa Ana, a la que daban el tratamiento de “zarina” y con la que tendría, al menos, tres hijos; dos de ellos, Boris y Gleb (Román y David son sus nombres cristianos), serían elevados a los altares al igual que su padre y su bisabuela. En Kiev, el nuevo matrimonio emprendió una vida de acendrada religiosidad. Vladimir asignó a la iglesia la décima parte de las propiedades estatales, creó tribunales eclesiásticos y otorgó privilegios a los clérigos. La destrucción de los ídolos no se hizo esperar. El de Perún fue atado a un caballo y arrastrado hasta las aguas del río Dniéper. Los doce hijos de Vladímir fueron bautizados en un arroyo y muchos boyardos siguieron el ejemplo. La predicación del Evangelio fue constante y, finalmente, Vladimir ordenó a todos los ciudadanos que, en un día y a una hora determinados, se dirigieran a las orillas del Dniéper para ser bautizados por inmersión en la ceremonia bautismal más multitudinaria de las que se tenga noticia. Fue en 1088, un 14 de agosto según el calendario gregoriano, o un 1º de agosto según el calendario juliano, día que continúa siendo festivo para la iglesia de Ucrania,

Ilustración de 1998 de Perun por Maximilián Presniakov

La nueva fe se fue expandiendo con celeridad, especialmente a lo largo de la Ruta de los Varegos. En 990, el primer arzobispo metropolitano de Kiev, Miguel (Mijail), llegó a Nóvgorod acompañado por seis obispos y por el tío Dobrinia, ahora ferviente cristiano. Allí replicaron las medidas iconoclastas adoptadas en Kiev –con inclusión del santuario a Perún que había erigido Dobrinia tiempo atrás– y animaron a la muchedumbre a bautizarse voluntariamente. De Nóvgorod continuaron hasta Rostov, donde el paganismo presentó mayor resistencia. El beato Ambrosio fundó allí un monasterio del que fue archimandrita (superior).

En 992, la fe cristiana ya se extendía por la región de Suzdal y otros territorios a lo largo de la gran arteria que forma el rio Volga y cuya administración Vladimir había encargado a sus vástagos. Aunque el paganismo coexistió –no sin serios conflictos– con el cristianismo durante largo tiempo, poco a poco, las tribus eslavas comenzaron a aglutinarse en una entidad socio-política unitaria. A ello contribuyó en gran medida la constante creación de escuelas, monasterios e iglesias abiertas a la cultura greco-romana, donde los libros constituían un elemento esencial, y al hecho de practicar los ritos cristianos en la lengua eslava nativa.

Los últimos días de Vladimir resultaron amargos por el fallecimiento de la zarina Ana en 1011, las disensiones entre sus hijos y, sobre todo, por la insurrección de su primogénito Yaroslav al que había entregado la Rus de Nóvgorod. En el camino a reprimir la rebelión, Vladimir cayó enfermo y murió el 15 de julio de 1015. Poco después de la muerte del santo jerarca, el metropolitano de Kiev, Hilarion, escribió el Sermón sobre la ley y la gracia, en el que se compara favorablemente a la Rus con otros pueblos y, en Nóvgorod, se inscribió sobre talillas de tilo cubiertas de cera el llamado Códice de Nóvgorod que, junto con el Evangeliario de Ostromir redactado sobre pergamino por el diácono Gregorio, constituyen las primeras obras de la literatura en lengua eslava oriental.

Códice de Nóvgorod

Sin duda alguna, la contribución de san Vladimir a la culturización y occidentalización de Rusia ha sido determinante. Con razón la iglesia ortodoxa –en especial– le venera y le canta el siguiente troparion:

Sentado en el trono del Kiev amparado por Dios // tú, ¡oh, Vladimir! fuiste como un mercader que busca perlas preciosas. // Para conocer la Fe Ortodoxa, tu indagaste y enviaste emisarios a la Ciudad Imperial. // Tu supiste encontrar a la Perla más valiosa que es Cristo // quien te eligió como a Pablo e iluminó en la Fuente tu ceguera de cuerpo y de alma. // Tu pueblo celebra tu reposo: // ruega por Rusia y todas sus gentes // para que se conceda a los Ortodoxos la paz y una gran misericordia.

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
José Antonio Álvarez-Uría Rico

José Antonio Álvarez-Uría Rico

Nace en Pola de Siero, Asturias, el 31 de octubre de 1944.

Es licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo (1965) y diplomado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de España (1973).

Impartió clases de lengua española como profesor auxiliar en la Wallington Grammar School for Boys, Londres (1967-68).

Colaboró en la elaboración del informe para las Naciones Unidas sobre la descolonización del Sahara Occidental (1974). Es miembro del Instituto de Cultura de Sahara.

Trabajó como traductor autónomo para la Organización Sindical española, las editoriales Saltés, Júcar, Alhambra, el Ministerio de Educación y Ciencia, la Organización de Estados Americanos y la Organización Mundial del Comercio (O.M.C.) (1974-1998).

Trabajó en Ginebra como traductor oficial de la O.M.C. (1999)

Prestó servicios como técnico en los Ministerios de Trabajo, Asuntos Sociales y Economía y Hacienda (1979 a 2009).

Dirigió la revista Cibelae de la Corporación Iberoamericana de Loterías y Apuestas de Estado (2003 a 2009).




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