Las nueve musas
De la ortografía a la grafémica

Si bien los problemas que plantea la representación gráfica de la lengua han tenido siempre en la ortografía su principal amparo, poco se ha hecho para abordarlos desde una perspectiva más científica. La grafémica, sin embargo, ha tenido la intención de hacerlo. En este artículo, repasaremos sus más importantes postulados.

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 Con el ‘Curso de lingüística general’ (1916), Ferdinand de Saussure no sólo aportó los supuestos teóricos sobre los cuales trabajarían las futuras generaciones de lingüistas, sino que también estableció el objeto de estudio de la lingüística moderna. Así pues, los estudios lingüísticos postsaussureanos se ocuparían fundamentalmente de la lengua hablada, de la cual la lengua escrita no sería más que su representación, su correlato. John Lyons lo explica de esta manera: «La lingüística contemporánea sostiene […] que el lenguaje hablado está en primer lugar y que la escritura no es más que un recurso para representar el habla por otro medio»[1].

Ateniéndonos a estos hechos, no debería sorprendernos que los problemas que plantea la representación gráfica no fueran estudiados con el rigor científico que caracteriza a la lengua hablada. No obstante, pasada la segunda mitad del siglo XX, algunos lingüistas intentaron proporcionar al plano de la escritura un tratamiento semejante al que se le daba a la oralidad y, por consiguiente, digno también de un estudio positivo que no dejara de señalar las diferencias entre ambos. Con respecto a esto, Jeanne Martinet advertía lo siguiente: «El divorcio entre lengua hablada y código escrito se acentúa tanto más cuanto la necesidad de mantener entre los dos un estrecho paralelismo no se percibe en modo alguno como un imperativo cultural. Es cierto que, para muchos, comunicación oral y comunicación escrita pertenecen a mundos diferentes»[2].

De la ortografía a la grafémicaTodorov va incluso más lejos cuando desarrolla el concepto de gramatología:

Durante los últimos diez años, el estudio de la escritura —la gramatología— ha sido objeto, por obra de J. Derrida, de una renovación fundamental y un cambio de nivel. Por una parte, es preciso observar (con la siguiente sorpresa) que en casi todo Occidente, y bajo el dominio de la escritura fonética, se ha privilegiado el lenguaje hablado como si constituyera el lenguaje por excelencia: con respecto a él, el lenguaje escrito apenas sería una imagen reiterada, una reproducción auxiliar o un instrumento cómodo (significante del significante). El habla sería, pues, la verdad, la «naturaleza» y el origen de la lengua, y la escritura tan sólo un vástago bastardo, un suplemento artificial, un derivado innecesario. Hay en esto un juicio de valor y una estructuración implícita cuya presencia puede discernirse constantemente en nuestra tradición —que, por lo mismo, llamaremos fonocéntrica—, desde antes de Platón hasta Saussure.[3]

Por su parte, la doctora Lidia Contreras, de quien volveremos a hablar más adelante, planteaba así el problema:

El estudio del habla independientemente de la escritura, nacido como reacción a la postura decimonónica que daba a esta última un lugar preponderante, encuentra en este siglo un excelente apoyo de parte de la dialectología y de la lingüística antropológica y estructural. Pero en este momento, afortunadamente, ya empiezan a alzarse voces para restablecer un saludable equilibrio: así como el habla merece ser estudiada independientemente de la escritura, así ésta merece también ser estudiada independientemente de aquélla, aunque sin negar, por cierto, sus mutuas relaciones. De este modo, se sabrá mejor qué es lo específico de cada una de estas formas de comunicación.[4]

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Es en este contexto que surge la grafémica, disciplina que estudia el sistema gráfico de la lengua, las reglas que rigen sobre cada uno de sus elementos y las analogías que presenta con el sistema fonológico, sistema del cual depende en algún punto. En líneas generales, estos temas han sido estudiados por José Polo en su libro Ortografía y ciencias del lenguaje (1974), obra en el que el autor analiza las ideas de Manuel Seco, Emilio Alarcos, Ernet Pulgram y Lidia Contreras respecto del asunto que tratamos.

Ahora bien, de la nómina de especialistas considerada por Polo, es necesario destacar los aportes de la ya citada doctora Contreras, especialmente, por su filiación con la ortografía tradicional. Se sabe que Contreras, luego de observar las faltas ortográficas de muchos alumnos universitarios, comprendió que tendría que enfrentar el problema con criterios más o menos científicos. Y para esto propuso una racionalización de la enseñanza de la ortografía que demandaría varios pasos. A saber:

  1. Enseñarles a los alumnos los ajustes y desajustes existentes entre el sistema fonemático del español y el sistema grafemático correspondiente.
  2. Señalarles los casos de compatibilidad grafemática con el propósito de que adviertan que, muchas veces, la posición de un grafema está condicionada por su valor fonemático.
  3. Mostrarles los diversos casos de correspondencia grafemática, con el propósito de que adviertan que, más allá del grado de arbitrariedad de nuestro sistema gráfico, hay en él buenos ejemplos de relaciones sistemáticas.
  4. Darles a conocer los muchos casos de palabras poligráficas cuya ortografía no ha sido fijada, de modo que tomen conciencia de la inestabilidad ortográfica que presenta el sistema.[5]
  5. Proponerles, con la ayuda de datos precisos, verdaderas leyes gráficas que proscriban definitivamente aquellas reglas plagadas de excepciones, que, casi siempre, resultan inservibles.

Este proceso de racionalización de la ortografía constituye uno de las contribuciones más importantes a la grafémica, hecho que, sin duda, convierte a su promotora en un referente ineludible de esta disciplina.

A Lidia Contreras se le debe, además, el haber establecido la distinción entre grafémica inmanente y grafémica trascendente. La primera de ellas estudia los grafemas, entendidos como unidades gráficas mínimas capaces de distinguir por sí mismas un signo lingüístico de otro sin relación de correspondencia con el plano oral; entran aquí tres sistemas gráficos fundamentales: el literal, el puntual y el acentual (letras, signos de puntuación y tildes). La segunda estudia las unidades gráficas que tienen correspondencia con los fonemas o unidades de la expresión oral; entran aquí todos los grafemas que representan la escritura fonética.

Pese a que sus primeras manifestaciones datan de hace un tiempo, la grafémica es una ciencia todavía en formación. Esto quizá se deba a que todas las cuestiones relativas a la grafía de los signos lingüísticos siguen estando en manos de ortógrafos y ortotipógrafos, lo que, evidentemente, responde a un simple problema de deslinde.


[1] Cita extraída de Jesús Mosterín. [amazon_textlink asin=’8420623032′ text=’La ortografía fonémica del español’ template=’ProductLink’ store=’lasnuevemus07-21′ marketplace=’ES’ link_id=’18e0d8b0-f33e-11e7-ab06-2fb7c3ea0c68′], Madrid, Alianza, 1981.

[2] Jeanne Martinet. Claves para la semiología, Madrid, Gredos, 1976.

[3] Oswald Ducrot, Tzvetan Todorov. Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, Buenos Aires, Siglo XXI, 1995.

[4] Lidia Contreras Figueroa. La ciencia de la escritura, Santiago de Chile, Ediciones del Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas, 1983.

[5] Corresponde decir que la RAE, con su ‘Ortografía de la lengua española’, de 2010, ha intentado enmendar este error.


 

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.




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