Las nueve musas
Idea Vilariño

La canción y el poema

Existen mujeres en la historia que junto a su singular impronta transformadora en el mundo, reflejan  ese lugar de “causa de deseo” que enuncia el psicoanálisis,  para un hombre excepcional.

Así no podemos dejar de pensar en Sartre al referirnos a Simone de Beauvoir, en Nietzsche, Rilke o el mismo Freud al mencionar a Lou Andreas-Salomé, en Rodin cuando pensamos en la escultora Camille Claudel.

Idea Vilariño fue una mujer capaz de llevar a la poesía tanto el desgarro del amor como la dimensión del compromiso político. Pensar en Idea es remitirnos también a su amor por Juan Carlos Onetti, en un encuentro que trasciende formas y convenciones.

Una  entrevista realizada por María Esther Gilio, presenta una serie de preguntas sobre su relación con el escritor uruguayo. La periodista recupera algunas declaraciones de Onetti en las que expresaba haberla amado realmente, pero que  nunca sintió que Idea estuviera verdaderamente enamorada.[i] –“Yo no digo que no estuvo, sino que nunca sentí que estuvo. Yo creo que lo suyo es algo muy cerebral, intelectual.”

Interrogada por la periodista, Idea responde:

-Sí, sí, ya lo sé. El me lo dijo a mí muchas veces. Cuando eso apareció en la entrevista que tú le hiciste y publicó la revista Brecha, me llamaron de todas partes para preguntarme. Yo me enojaba mucho con él cuando decía que no sentía que estuviera enamorada. «Con la cabeza lo entiendo, pero con esto no», decía él y se tocaba el corazón. 

-¿Por qué pensás que no creía en tu enamoramiento?

-Porque yo muy a menudo decía no. 

-Y para él no hay amor sin sumisión.

-Seguramente. Pero yo no tenía más remedio que decir no, salvo que estuviera dispuesta a dejar que me pisara la cabeza. Pero además, no se trataba sólo de amor. Era la manera de vivir. Nosotros nos contábamos todo, hablábamos de todo lo que nos pasaba, de lo que pensábamos y sentíamos con total libertad. Sin miramientos ni escrúpulos. Eso era algo que hacíamos bien, pero compartir la vida… Habría sido muy difícil. Yo no debí haberme enamorado nunca de Onetti. Era el último hombre que tenía que haberme gustado. Eramos dos personas absolutamente contradictorias. 

-¿Pero habrías escrito los poemas de amor que escribiste?

-Eso, quién puede saberlo. 

La poesía de  Idea Vilariño sirvió como letra para muchas canciones que reflejan su conexión con la dimensión social y política. La canción y el poema,  musicalizado e interpretado por Alfredo Zitarrosa  es uno de los más difundidos encuentros con la música y la canción popular.

Su obra abarca el ensayo y  la crítica literaria además de una importantelabor como traductora y docente. Perteneció junto con Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Carlos Martínez Moreno, Angel Rama y Amanda Berenguer, entre otros,  a la llamada generación de 45. Su primera obra poética, La suplicante, fue editada en 1945. Entre sus libros, Cielo Cielo, Paraíso perdido, Nocturnos, Poemas de amor, Pobre mundo y No. 

Al regreso de la democracia obtuvo la Cátedra de Literatura Uruguaya en la Facultad de Humanidades

LOS  ORIENTALES

De todas partes vienen,
sangre y coraje,
para salvar su suelo
los orientales;
vienen de las cuchillas,
con lanza y sable,
entre las hierbas brotan
los orientales.

Salen de los poblados,
del monte salen,
en cada esquina esperan
los orientales.

Porque dejaron sus vidas,
sus amigos y sus bienes,
porque es más querida
la libertad que no tienen,
porque es ajena la tierra
y la libertad ajena
y porque siempre los pueblos
saben romper sus cadenas.

LA CANCION Y EL POEMA

Hoy que el tiempo ya pasó,
hoy que ya pasó la vida,
hoy que me río si pienso,
hoy que olvidé aquellos días,
no sé por qué me despierto
algunas noches vacías
oyendo una voz que canta
y que, tal vez, es la mía.

Quisiera morir –ahora– de amor,
para que supieras
cómo y cuánto te quería,
quisiera morir, quisiera… de amor,
para que supieras…

Algunas noches de paz,
–si es que las hay todavía–
pasando como sin mí
por esas calles vacías,
entre la sombra acechante
y un triste olor de glicinas,
escucho una voz que canta
y que, tal vez, es la mía.

Quisiera morir –ahora– de amor,
para que supieras
cómo y cuánto te quería;
quisiera morir, quisiera… de amor,
para que supieras

Victoria Fabre

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