Las nueve musas
Japón

Japón: tierra de contrastes

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Leí hace un par de días una noticia que decía lo siguiente: «Un turista italiano ha sido detenido en Japón por intentar dar un beso en la frente a una joven de 21 años».

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El hombre, de 40 años, fue esposado y arrestado por cometer «actos obscenos». La prensa y la televisión se han hecho eco de la noticia e incluso le han dedicado un espacio en el telediario italiano. Es posible que desde Europa uno se pregunte si esta medida no es un poco exagerada. La realidad es que, desmedida o no, cada país tiene sus costumbres culturales y hay que respetarlas.

Japón es un país de contrastes. Por un lado, es el espejo de la modernidad; por otro, la cuna de una tradición milenaria todavía visible en numerosas formas. Antiguas costumbres se mezclan con nuevas conductas sociales, bien patentes en numerosos lugares del Imperio del Sol Naciente. Me quedaré con la región de Kansai y en concreto con Kioto, capital del antiguo imperio desde el año 794 hasta 1868, momento en que fue trasladada a Tokio.

En esta inmensa urbe, de casi un millón y medio de habitantes, se puede observar el enorme antagonismo existente entre barrios antiguos como Gion (famoso por sus geishas), en los que parece haberse parado el tiempo, y otras zonas más modernas en el centro de la ciudad, donde edificios de formas caprichosas conviven a pocas manzanas de las tradicionales casas y templos de madera.

Japón es un país que presenta numerosas contradicciones a los ojos del occidental que se adentra por primera en su territorio. Al tiempo que ingenieros japoneses construyen asombrosos puentes y pasos elevados que atraviesan el interior de modernos edificios, otros menos afortunados aprovechan estas mismas estructuras para levantar un hogar con la ayuda de cuatro cartones al abrigo de las gigantescas moles.

Sorprende el elevado consumismo de los japoneses, que se dejan los yenes a miles en los numerosos centros comerciales y en las máquinas de pachinko —un juego similar al pinball—, y la ingente cantidad de mendigos que viven en estas mismas urbes.

Sorprende ver las calles inmaculadamente limpias, sin rastro de papeles y desperdicios, y que, por otra parte, las basuras se recojan tan solo dos días a la semana. Además, la recogida de material reciclable se realiza cada quince días, lo que convierte las viviendas en verdaderas plantas de acumulación de residuos.

costumbres culturalesSorprende la doble moral japonesa que, por un lado, muestra un elevado puritanismo en relación a ciertos temas como la pornografía, totalmente prohibida, y, por otro, la enorme cantidad de propaganda con mujeres desnudas que inundan los buzones de las viviendas a diario.

Sorprende la presencia de pervertidos en esta aparentemente respetuosa sociedad, algo que ha llevado a las autoridades de las grandes ciudades a reservar vagones para mujeres en trenes y metros durante las horas punta y nocturnas con el fin de garantizar su seguridad hasta final de trayecto, y los exquisitos modales de los japoneses.

Sorprende que en una sociedad tan moderna estén mal vistas las mujeres que no se han casado antes de los 28 años. Cuando contraen matrimonio, su rol queda relegado a la casa y a los hijos, por lo que es habitual que abandonen su trabajo y su carrera profesional una vez casadas.

Sorprende visitar un templo budista en un tranquilo entorno natural, donde se respira paz y el silencio es solo interrumpido por los rezos de los monjes, y ver poco después al mismo monje, ataviado con su hábito, subirse a una moto de gran cilindrada y marcharse a casa con su mujer y sus hijos.

Sorprende pasear por la calle y cruzarse con mujeres vestidas con quimono y getas (típicas sandalias japonesas) junto a jóvenes de estilo gótico y punk, con el pelo teñido de los colores más inverosímiles.

Tierra de contrastesCon objeto de evitar sorpresas, como la que se ha llevado este turista italiano, es conveniente informarse sobre algunas costumbres del país que se pretende visitar. Una de las mejores formas de conocer una cultura es seguir sus costumbres locales. Así, por ejemplo, en Japón es una buena idea dormir en un ryokan, un tipo de alojamiento tradicional en el que se puede disfrutar del auténtico sabor de la cultura nipona: dormir en un tatami, asearse en un baño termal colectivo y degustar la delicada cocina japonesa, todo ello rodeado de un jardín zen en el que nunca falta una pequeña fuente. Solo hay que aprender unas pequeñas normas. La primera es descalzarse antes de entrar. La segunda es aprender a atarse correctamente el yukata, un quimono fresco de algodón a disposición de los huéspedes. Hay que cruzar el lado izquierdo sobre el derecho y no al revés, pues es considerado de muy mal gusto porque así es como se viste a los difuntos.

También es importante aprender a usar el baño comunal. La primera vez que usé uno no tenía muy claro qué hacer porque no había nadie más. Mientras pensaba en qué sería lo correcto, apareció una señora y las dudas se evaporaron enseguida. En la sala principal hay una bañera con capacidad para varias personas. Alrededor existen unas duchas, situadas a la altura de un gnomo, y un pequeño cubilete de madera. Tan pronto entró mi modelo a seguir, ralenticé todos mis movimientos para no perder detalle. El ritual consiste en lo siguiente: uno se sienta en el pequeño taburete casi a ras de suelo (es muy conveniente estar en buena forma física para no quedarse clavado y poder levantarse con un mínimo de dignidad) y se lava con agua y jabón. A continuación, se utiliza la miniducha para aclararse (siempre sentado; de lo contrario, solo llegaría a las rodillas) y uno se mete en la bañera de agua caliente. Este orden es imprescindible para no ser considerado maleducado, ya que hay que entrar limpio en una bañera que utilizan diversas personas.

Una de las características que define al pueblo nipón es la superstición. Los amuletos se venden por doquier y se pueden adquirir para protegerse durante la conducción, en el hogar, para tener suerte en el amor, en el parto, etc. A esto hay que añadir lo aficionados que son a llevar cachivaches colgados del móvil, del llavero, del bolso y de cualquier cosa susceptible de acarrear un peso adicional.

Japón es un país al que admiro profundamente: su cultura, sus gentes, su literatura, ese espíritu de superación frente a los desastres y calamidades, y esa delicadeza y exquisitez en sus maneras. Es un ejemplo de organización social; el trazado de sus ciudades, la eficiencia del transporte público y el aprovechamiento del espacio, entre otras cosas, resultan admirables. Sin embargo, no todo es tan perfecto como parece, pues Japón ocupa un lugar destacado entre los países con mayores tasas de suicidios.

Quizás un perfecto orden social esté reñido con la felicidad personal.

María Eugenia Santa Coloma

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