Las nueve musas
la mujer

Elección amorosa en la mujer

Freud escribió, hace más de un siglo, Sobre un tipo especial  de la elección de objeto en el hombre.

La elección de objeto de amor es inconsciente, lo resalto porque no es lo que circula vulgarmente, elecciones de las que las personas afirman con toda conciencia: “es igual a mi papá o a mi mamá” o “siempre repito lo mismo”.

Se ama a otro, entre otras cosas, de acuerdo a como uno mismo es, como se quisiera ser, como se fue o como parte de sí mismo.

El tipo particular de elección plantea un caso diferente. A Freud, le llaman la atención ciertas características de algunos hombres; las particulares condiciones requeridas al objeto de amor:

  • Que sea algo sospechosa en su fidelidad o que esté comprometida con otro. Es específica, y Freud la denomina “perjuicio del tercero”; el sujeto no elegirá jamás a una mujer libre. Tan inflexible que quizás una mujer soltera, independiente es indiferente o despreciada y pasa a ejercer enorme atracción si bien entabla relaciones con otro.
  • La segunda condición en cierta forma emparentada con la primera; consiste en que la mujer casta no ejerce la menor atracción, debe ser sexualmente sospechosa. Freud dice que, exagerando, puede llamarse a esta condición “amor a la prostituta”, desde el simple flirt de una mujer casada a la ramera entregada a la poligamia del burdel.

Ambas configuran sentimientos intensos, la primera, la rivalidad; la segunda los celos. Cuando arde en celos, alcanza la mujer su máximo valor. No es solo el competidor, o el esposo legal el que causa sus celos –quizás hasta lo acepte de buen grado– sino cualquier otra persona que le demuestre deferencia o atenciones a la amada.

Las otras dos condiciones ya no son condiciones eróticas requeridas al objeto de amor sino que se refieren a la conducta del amante para consigo mismo.

  • La persona es “única”, el individuo pone toda su energía, desinteresándose por completo de todo lo que no se refiera a su amor. Lo que sorprende, es que se da con otras, una larga serie de tales personas, lo único se repite en muchas ocasiones. Incluso a veces se debe a circunstancias externas, cambios geográficos o de trabajo donde el sujeto vuelve a encontrar una persona única.
  • Querer salvar, tratar de salvar –aunque no sea necesario– económica o moralmente. El sujeto tiene la convicción de que ella lo necesita; sin él perdería todo apoyo. La salva no abandonándola, por ejemplo.

Freud coloca tal constelación en una desviación de las fijaciones que todos los pequeños tienen en los primeros años con su madre, ubicando el rival en el padre; la liviandad requerida al rechazo que le provoca el comercio sexual de su madre; el amor a una persona única, “madre hay una sola” y el salvar como intento intento de pagar la deuda por su nacimiento.

Elección amorosa

Con respecto a las mujeres he observado un caso especial, en el que la persona durante meses o años, en ocasiones, le lleva la vida, se encuentra profundamente interesada intentando  cambiar a su compañero.

No cambiarlo por otro, sino hacer de él una persona diferente. Un trabajo denodado, insensato y tenaz para que él sea distinto.

No está en duda el afecto, no está en juego el apego, la posesión o como se le quiera llamar a esa exclusividad que se brindan dos. Tampoco faltan los rituales de sexo y cenas. Todos los indicadores se desenvuelven casi normales. Salvo, por ese esfuerzo de organizarle un nuevo nacimiento a alguien ya crecido.

Como los hermanos menores que esperan toda la vida que su hermano mayor un día lo quiera de verdad. Quieren creer cada vez, y cada vez se decepcionan.

La mujer que ostenta esta causa, quiere alguien que no termina de aceptar, actitud que implica tolerar gustos personales, manías.

Algunas mujeres parecen realizar una prolija selección y asegurarse siempre un tipo particular, con el cual comportarse obsesivamente. ¿Cuáles son las condiciones que requiere esta elección erótica?

  1. El maltrato emocional. El círculo vicioso de agravio-perdón-reconciliación, se convierte en una verdadera adicción, un continuo del que no se puede prescindir. Relaciones de separación-unión llevadas al infinito, que la mujer se siente incapacitada de romper.
  2. Otorgarle al depositario dotes que nadie, ni la misma persona vería –racionalmente, en otros– como valioso. Desocupados, conflictivos, o llenos de complicaciones, depresivos crónicos, cuasi-delincuentes, adictos.
  3. En esta serie, la mujer se propone salvarlo. Ayudarlo, aconsejarlo, protegerlo. Ofrecerle garantías económicas o apoyo moral. Serle imprescindible.
  4. Hacerle creer que lo necesita, estimularlo con pequeñeces; recados, arreglos y explicarle a todo el mundo que es una especie de ser superior, justificando su relación.

 

Siguiendo los lineamientos del psicoanálisis, en el caso de la mujer cuyo objeto de amor requiere de esas particulares condiciones, no se trataría de las desviaciones del desarrollo del Complejo de Edipo, paralelas al del sujeto masculino; –rechazo de la sexualidad de la madre, formación sustitutiva, desplazamiento en torno al rival y deuda de vida con la madre–.

En la mujer, –que entra al Complejo Edipo-Castración cuando en el varón está declinando– el niño que tendrá con el padre, resignando el pene, ocupa el nódulo de la salida en este caso particular. Si no hay renuncia al padre en lo inconsciente, si no renuncia a ese niño-pene; el hijo incestuoso que tuvo con el padre deviene objeto erótico.

En las manifestaciones de la eficacia inconsciente de esta fijación, brinda cuidados excesivos, se somete a sus caprichos; y con penalidades, e incluso dinero, paga la deuda de traicionar a la madre con verdaderos estragos en la propia existencia real.

En ambos casos –hombres y mujeres– podemos pensar que también se produce una identificación, hace por el otro lo que quisiera que desea se hicieran él/ella. Provee cuidados maternos especiales. Se encargan más de esa otra vida que de la suya propia.

En los desarrollos de autores post-freudianos, encontramos otras relaciones aplicables en estos casos a estadios más primitivos. Sujetos en los que no se alcanzó a desplegar el drama edípico.

Infantes en los que ocurrieron fallas ambientales groseras, en el sentido que le otorga Winnicott a los cuidados de la madre-ambiente.

En estos casos, en la vida adulta, no se trata de un objeto erótico “defectuoso” sino en la manifestación del desamparo, o el desvalimiento provocado por falta o intrusión en los cuidados maternos.

Las personas no pueden  “atenderse” como si rechazaran ser sus propias madres.

Estimaremos dos diferentes posiciones:

Si el caso no es muy persistente, es decir si no se “repite” con excesiva rigidez, podría tratarse del temor a “estar solo/a”.

Se aferra a lo primero que despierta interés y después intenta cambiarlo. El paso intermedio es “adornarlo” un poco, con virtudes de las que carece.

En este modelo, la hipótesis sería que la persona no aprendió a estar sola. Un logro importante en la teoría de Winnicott de la que no nos ocuparemos en este espacio; baste decir que se debe a la falta de confiabilidad en el ambiente.

Si el caso es recurrente y la persona y su entorno la creen condenada a “la mala suerte” –la larga fila de “únicos” que refiere Freud– ya no es  temor de estar solo/a.

El extremo de la desconfianza ambiental terror a ser. La persona prefiere hacer cualquier cosa, encargarse de cualquier causa antes que ser.

No se atreve, aunque vista de afuera pueda verse exitosa, independiente. Por eso resulta también incomprensible que se ligue a semejantes partenaires El verdadero self se esconde detrás de las causas verdaderamente perdidas.

Silvia Fantozzi

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